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viernes, 4 de febrero de 2022

EL TRIANGULO DE ORO

 

 

            Llevo dos años viviendo entre sueños y recuerdos, anclada en un pasado que al menos me dio bonitas vivencias, y por las noches se me muestran en imágenes como si de una película se tratara. El futuro cada vez más incierto y un presente que si dura mucho más … me agobia y oprime en una cruel soledad.

Al ver la fotografía, al instante mi mente voló a mi viaje a Tailandia, allá por el año 2000, y en especial al día que navegamos con este tipo de barcazas por el rio Mekong, hasta llegar al Triángulo de Oro, llamado así al territorio que ocupan las tres fronteras de Tailandia, Birmania y Laos. Aquel día visitamos la tribu de “las mujeres jirafa”. Un triste espectáculo, demostrando una vez más la estupidez y crueldad de ciertas tradiciones ancestrales. Por suerte la chicas jóvenes ya han dejado atrás este suplicio y nadie más pasa por este trance de por vida. Sólo vimos mujeres mayores con sus collares alargados en espiral, que desde la infancia han de llevar toda su vida hasta la tumba.

Yo viajaba sola, en un grupo organizado de diecinueve personas, con lo cual yo era el número impar. Dormía en habitación individual, pero durante todo el viaje siempre mi pareja era la guía. Era una alemana de mediana edad, mujer con experiencia y muy curtida que vivía en Alicante. Ella y yo nos hicimos amigas de tanto compartir. Yo me relacionaba con todo el grupo sin ningún problema, me considero una persona sociable y no tengo dificultad para entablar amistad con la gente. Hubo un día incluso, de esos que te dejan libre para ir de compras, fue en Chiang Rai, cuando ya llevábamos bastantes días de viaje y de comer la misma comida de siempre lo mismo, que al principio te hace gracia, pero que al final ya deseas tu buen chuletón y la guía me propuso ir a comer a casa Antonio. Aquel día fue un festín porque nos comimos un super entrecot de carne australiana, acompañado de un vino de Rioja que nos supo a gloria.

Recuerdo todo el viaje con mucho cariño, hasta los últimos nada menos que cinco días que el grupo se dispersó. Cuando contraté el viaje en la agencia, me dijeron que el viaje duraba 15 días en grupo con la guía, yendo siempre juntos a todas partes y que los últimos cinco se consideraban una extensión a varios destinos que podías escoger. La mayoría del grupo, que en aquel momento yo no conocía, se fueron a las playas de Pattaya. Yo no sé ahora porqué opté por ir a Phuket, allí donde años más tarde ocurrió el tsunami que asoló a toda la población. Si hubiese estado en mi destino, aquella ola gigante me hubiera arrastrado como les sucedió a tantos turistas. Mi hotel estaba a primera línea de playa.  

Solo una pareja del grupo había escogido el mismo hotel. La chica era enfermera y enseguida que vio que yo estaba sola me dijo que si quería ir con ellos a cenar. Así lo hicimos y todo parecía ir muy bien hasta que al cabo de un rato me percaté que su compañero se sentía incómodo conmigo. Eran una de esas parejas que no pegan ni con cola. Ella una chica locuaz y él un tipo de esos de “encefalograma plano” que no saben casi ni pronunciar dos palabras seguidas, pero que en la cama deben hacer maravillas. Sin cortarse para nada y sin ningún pudor, le dijo a su pareja «oye yo me he apuntado contigo al viaje para que estemos solos, no para ir con esta tía». Al día siguiente, ella un poco avergonzada vino a mi habitación a decirme que aquel día querían estar solos. Yo por supuesto le dije que no se preocupara. Ya no los vi más hasta el último día.

Entonces aparecieron todos mis males, miedos y carencias. Como siempre, una de tantas en mi vida, yo estaba enamorada de un tipo que había conocido por Internet y que solo había visto una vez, pero que en aquellos momentos no sabía todavía que todo sería un gran engaño y aún tenía esperanza de que lo volvería a ver.

No me apetecía ir sola a la playa y mucho menos salir por la noche a cenar, en un lugar lúgubre que por las noches se convertía en una caza de jovencitas, casi niñas, por tíos babosos de todas las nacionalidades que buscaban sexo. Me quedaba en la piscina, comía y cenaba en el hotel. Aquellos días se me hicieron interminables. En la habitación tenía un catálogo con todos los servicios que proporcionaba el hotel y contraté una mañana a una esteticista. La chica muy jovencita, pero no por ello menos eficiente, me extendió dos pegotes de cera en los muslos y de un buen tirón arrancó los pelos que con tanto calor habían crecido durante aquellos días. Después disfruté de un masaje completo que me dejó como nueva y me hizo subir el ánimo. Al terminar me fui a recepción y me apunté a una excursión facultativa para visitar varias islas cercanas,  verdaderos paraísos que Leonardo Dicaprio nos mostró en la película La Playa.

Al día siguiente, muy temprano, un autocar lleno de turistas que venían de Malasia me pasaron a recoger. Por la mañana buceamos en un mar transparente de aguas azul claro plegado de fauna marina. Luego tomamos el sol en una playa de arena blanca. Allí me sentí tan triste y sola, añorando un amor imposible que se me negaba porque no existía. Yo estaba en el fin del mundo, en un verdadero paraíso y me sentía tan desdichada. A la hora de comer conocí a una pareja que al contrario de los otros enseguida me adoptaron y me ofrecieron comer con ellos en su mesa. El era alemán y ella de Chicago. Se habían conocido en la misma empresa en Malasía y se les veía muy enamorados. El amor nunca sabes donde lo puedes encontrar o quizás no te toca pasar esta experiencia en esta vida.


                            


martes, 24 de junio de 2014

SUSPENDIDA EN LA SOLEDAD

Cada día me pregunto, si esta solitud hace honor al nombre de Soledad, que me sobrevino como una sentencia, el día de mi bautizo. Estoy sola y, sin quererlo, así me siento. Sueño en dejar de serlo, pero muchos sinsabores me llevaron a la situación en la que me encuentro. Secuencias de mi vida vislumbro por las noches sin dejarme conciliar el sueño. Hubiera sido hermoso conocer a alguien que llenara de sentido mi vida. Satisficiera mis anhelos. Sólo sé que por mucho que lo intento, siempre acabo sin saber por qué maldito sortilegio no lo consigo. Quizás alguien sembró un día en mí, algo sombrío. Sombras en la oscuridad me acechan con nocturnidad. Me quitan el sosiego, suspiro, y siento como quedo suspendida en el vacío. Sigilosamente voy cayendo en silencio hacia el abismo. Sencilla, austera y solemne, se acercará un día la señora. Estoy segura que vendrá a buscarme. Me liberará de tanto sufrimiento. Mis sienes, suaves y blancas, suplicarán al menos saber si fue solo destino, o sucesos sin pretexto. Se han sucedido los años y mis sentimientos quedaron ocultos. Cuando mis cenizas se esparcieron se los llevó el viento.

lunes, 21 de febrero de 2011

FRANKESTEIN O EL MONSTRUO DE LA SOLEDAD



Cruz, aquella tediosa tarde de viernes, de un caluroso mes de Agosto, descolgó el teléfono y marcó las cuatro cifras que estaban insertadas en el anuncio del apartado de contactos de la Guía del Ocio.
“Hombre de 45 años, divorciado, artista, busca mujer de edad similar para entablar amistad y posible relación estable”. Interesadas llamar al teléfono del anuncio.
Una voz cálida, con frases estudiadas, decía que se llamaba Adrian, tenía los ojos azules, llevaba el pelo largo, recogido en una cola y se dedicaba al cine y a la música. Quería conocer a una mujer que quisiera compartir buenos momentos e iniciar una relación estable.
Cruz, con la voz entrecortada, dejó su mensaje a la grabadora que recogería el nombre y su número de teléfono. Al colgar, un ligero estremecimiento vapuleó todo su cuerpo.
No pasaron más de dos horas cuando sonó el teléfono y la misma voz cálida, contenida y modulada, la estaba invitando a una cita para conocerse.
Quedaron el sábado a las siete de la tarde en las Atarazanas, en el quiosco de la derecha, al final de Las Ramblas. El llevaría un pantalón azul y una americana, o chaqueta de cuadros con las solapas grandes.
Cruz se apresuró a vestirse las ropas que le había indicado por teléfono y se maquilló un poco más de lo habitual. Cogió el metro y al subir las escaleras lo reconoció enseguida. Al verlo, el corazón le volvió a dar un vuelco y quiso darse media vuelta. Pensó entonces que, ¿por qué no iba esta vez a cambiar sus ideas estructuradas y darle una oportunidad a este hombre, aunque su imagen no fuera la del prototipo de sus sueños?.
Con paso rápido se acercó a él, que haciendo ver que estaba distraído, daba vueltas al dispensador de las postales y le preguntó:
-Perdona, ¿eres Adrián?
- Hola, si. . . ¿tú Cruz?
Se dieron un beso en la mejilla y caminaron hacia el Maremagnum, atravesando Colón y en dirección a la Barceloneta, pero la conversación los llevó hasta el Port Olimpic. Allí finalmente se sentaron a tomar una cerveza y mientras comentaban el libro “Las Nueve Revelaciones”, el sol del atardecer iluminaba Los ojos azules de Adrián. En aquel instante, Cruz se relajó y sintió como todas sus hormonas se alteraban.
Siguieron caminando, varias veces cambiaron de local, y cuando ya casi no quedaba gente por la calle, decidieron despedirse. El cortésmente, primero la acompañó a casa.
A Cruz le volvió la alegría, aquel hombre parecía realmente interesante, a pesar de su aspecto. Se apartaba de todos aquellos que hasta la fecha había conocido y que para ella siempre fueron inalcanzables. Quizás esta vez lo conseguiría. ¿Quién sabe si éste sería el que ella tantas veces había soñado?.
Tuvieron una segunda cita en la que Adrián, hábilmente, le habló sobre sus relaciones anteriores y sus empresas y negocios, despertando cada vez más el interés de Cruz. Iban en el metro cuando él sin ningún escrúpulo le comentó:
- Ahora compagino la música con la filmación de una película porno.
Cruz se sonrojó y por el rabillo del ojo dio una ojeada a todo el vagón del metro para comprobar que la gente no estaba escuchando la conversación. Adrián sin embargo, con naturalidad le iba dando toda clase de detalles sobre la película, los actores y actrices, la preparación y la toma de escenas. Cruz dando fin al tema le preguntó por la música.
- ¿Qué haces exactamente con la música, tocas algún instrumento?
- Compongo música con el ordenador.
Una tarde, mientras veía la televisión con su gato Hyndra, sonó el timbre de la puerta y Adrián a través del interfono le preguntó si lo invitaba a tomar un café.
Sentados en el sofá, escuchando las entrañables músicas de Serrat, llegaron las caricias y sus labios se encontraron fundiéndose en largos besos. Las manos expertas de Adrián ya habían desnudado parte del cuerpo de Cruz, cuando con voz temblorosa ella le dijo al oído que no tenía demasiada experiencia.
No hacía falta que Cruz le dijera aquellas palabras. Ya la había calado desde el primer momento en que la vio, subiendo las escaleras del metro, queriendo huir al verlo. Enseguida supo cómo debería tratarla e intuyó que sería una presa fácil. No tenía ninguna prisa, la fruta madura cae por su propio peso.
Mientras tanto, el gato de Cruz, sin poder soportar la presencia del maligno, saltó por la ventana que por descuido, había quedado abierta y se lanzó al vacío, cayendo 3 pisos y gastando una de sus siete vidas.
Esa tarde todavía no hicieron el amor, pero Cruz estaba ya preparada. Esta vez sí que por fin rompería con todos los tabús y represiones, y se dejaría llevar por los senderos dulces del amor y el sexo. Adrián ya se encargaría con mucha astucia de saberla conducir, utilizando en cada momento las palabras que Cruz esperaba y deseaba oir.
Así, pocos meses antes ya se lo habían anunciado. En su desesperación por no encontrar pareja, una vez más, Cruz fue a consultar el tarot a una vidente. Esta le dijo que en una reencarnación anterior había sido una especie de monja, que iba de aldea en aldea haciendo el bien a los más necesitados. Ahora debía cortar con ese karma y bajar a los infiernos para tener nuevas experiencias. Estaba a punto de conocer a un hombre que la introduciría en el sexo.
A la semana siguiente, el domingo cogieron el tren y se fueron a pasar el día a Sitges. A la vuelta, ya anocheciendo, el tren iba abarrotado de gente y Cruz quedó aprisionada entre una puerta y el pecho de Adrián. Sintió como su cuerpo ardía, no tanto por el sol que había tomado, sino por el deseo y la pasión. Al llegar a la estación de Sants, Cruz le dijo que si no quería no hacía falta que la acompañara a casa, no fuera a perder su último autobús a Santa Perpetua, donde vivía Adrián con sus padres.
- Yo no dejo a una mujer sola en la calle. Pero espero que tú tampoco me dejarás tirado un domingo por la noche.
- ¿Qué quieres decir?
- Pues que está claro que esta noche duermo contigo. Además veo en tus ojos que lo estás deseando.
Aquella primera noche, Cruz conoció a Frankestein.