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martes, 19 de marzo de 2024

EL DESPERTAR

 





Fa temps que estic atrapada en la foscor. Tinc la sensació que visc en una mena de bombolla de cristall, inclòs un bonic jardí, que no valoro. M’he fet gran, han passat els anys volant i ja no tinc aquella energia que em feia sortir del forat i m’anava a navegar sobre el mar, sentin el vent a la cara, o pujava les muntanyes plenes de neu per llençar-me amb velocitat per les pistes d’esquí. Viatges arreu que m’omplien de plaer. Altres paisatges, altres cultures que trencaven la monotonia del dia a dia. A les hores tot era esperança.

Sempre en busca de l’amor perdut i sempre patint l’abandonament. Un destí maleït que m’ha negat tot allò que desitjava i em feia feliç. Ja no em queden llàgrimes de tant plorar.    Ja no tinc ni ganes de sortir al carrer, on cada dia veus mes injustícia i dolor. Una societat individualista e inhumana que ens aboca a la més horrible solitud. On són aquells amics aixopluc de les teves misèries i mancances?. No hi ha Humanitat.

M’he deixat tant, que m’han crescut unes ungles ben llargues i punxegudes. I com la realitat no existeix, més allà del que crea el nostre cervell, he decidit anar rascant cada dia amb l’ungla més llarga, aquest vidre que m’empresona. A mida que ho faig, vaig veient la llum, una llum poderosa que en realitat surt del meu interior i em connecta amb l’AMOR mes gran.

Ara per fi em sento com aquell peix que després de donar voltes infinites sobre sí mateix, s’apodera, agafa embranzida, i surt volant de la peixera confortable a un nou Despertar.




 


viernes, 3 de noviembre de 2023

DESTELLOS DE RUBIES

 

                                                        



Un sonido extraño hizo que despertara. Al abrir los ojos, contemplé una sorprendente imagen que me dejó impresionada. Una especie de pirámides invertidas descendían lentamente, a veces se quedaban unos segundos suspendidas y luego continuaban el camino hasta desaparecer en el fondo del acantilado. Sonaban como una dulce melodía, mientras emitían unos destellos de color rojo que me deslumbraban.

            Recordé de inmediato, cuando de niña, regresaba del colegio y entraba a darle un beso a papá en su taller de joyería. Siempre estaba con alguna joya entre las manos, limándola,  fundiendo oro y moldeándolo para confeccionar la pieza. Un día tenía unas piedrecitas que reflectaban la luz emitiendo destellos de color rojo. — ¿Cómo se llaman estas piedrecitas papá?—le pregunté entusiasmada.

            —Son rubíes cariño, —me contestó muy orgulloso.

            Me estremecí y se llenaron de lágrimas mis ojos. Sin embargo, una potente energía recorría todo mi cuerpo. La imagen había desaparecido. La noche era negra y oscura. Los últimos acontecimientos te golpeaban cada día en las noticias. Guerras y más guerras, hambre y desigualdades. Individualismo atroz y soledad. Tragedias por el cambio climático. La Humanidad estaba perdida y el mal campaba a sus anchas sin que nadie pudiera evitar un final próximo.

            Volví a mirar al cielo y aparecieron de nuevo las pirámides con destellos de rubíes. Seres bondadosos evolucionados, llegaban desde lejanas galaxias a irradiarnos, con la energía más potente que podría salvar el planeta: EL AMOR

El día en que su vida sufrió el cambio no había sido anunciado en ningún aspecto. Muchas más personas tuvieron la misma visita y así todo se fue solucionando.





jueves, 20 de abril de 2023

SI EM VEUS


 

 


A la memòria del meus éssers estimats,                               

aquells que ja no hi són,

                                          però viuen en el meu cor.

                                                                     




Si em veus,

jo també sóc un roser ple d’espines,                                               

tantes pèrdues i dolor al llarg dels temps,                                          

nostàlgies i records,

oblit i tristor.

 

Però ara arriba la Primavera i,

em transformo i floreixo.

Aviat ompliré els carrers de oloroses roses,

que faran costat a lletres plenes d’amor,

sortides de veus de poetes,

animes pures com tu, Salvador,

que ens mires des de allà on siguis,

gaudint de tot l’Amor i la Pau.

 

Si em veus,

vull ser una rosa del teu jardí,

intento fer un poema.

viernes, 4 de febrero de 2022

EL TRIANGULO DE ORO

 

 

            Llevo dos años viviendo entre sueños y recuerdos, anclada en un pasado que al menos me dio bonitas vivencias, y por las noches se me muestran en imágenes como si de una película se tratara. El futuro cada vez más incierto y un presente que si dura mucho más … me agobia y oprime en una cruel soledad.

Al ver la fotografía, al instante mi mente voló a mi viaje a Tailandia, allá por el año 2000, y en especial al día que navegamos con este tipo de barcazas por el rio Mekong, hasta llegar al Triángulo de Oro, llamado así al territorio que ocupan las tres fronteras de Tailandia, Birmania y Laos. Aquel día visitamos la tribu de “las mujeres jirafa”. Un triste espectáculo, demostrando una vez más la estupidez y crueldad de ciertas tradiciones ancestrales. Por suerte la chicas jóvenes ya han dejado atrás este suplicio y nadie más pasa por este trance de por vida. Sólo vimos mujeres mayores con sus collares alargados en espiral, que desde la infancia han de llevar toda su vida hasta la tumba.

Yo viajaba sola, en un grupo organizado de diecinueve personas, con lo cual yo era el número impar. Dormía en habitación individual, pero durante todo el viaje siempre mi pareja era la guía. Era una alemana de mediana edad, mujer con experiencia y muy curtida que vivía en Alicante. Ella y yo nos hicimos amigas de tanto compartir. Yo me relacionaba con todo el grupo sin ningún problema, me considero una persona sociable y no tengo dificultad para entablar amistad con la gente. Hubo un día incluso, de esos que te dejan libre para ir de compras, fue en Chiang Rai, cuando ya llevábamos bastantes días de viaje y de comer la misma comida de siempre lo mismo, que al principio te hace gracia, pero que al final ya deseas tu buen chuletón y la guía me propuso ir a comer a casa Antonio. Aquel día fue un festín porque nos comimos un super entrecot de carne australiana, acompañado de un vino de Rioja que nos supo a gloria.

Recuerdo todo el viaje con mucho cariño, hasta los últimos nada menos que cinco días que el grupo se dispersó. Cuando contraté el viaje en la agencia, me dijeron que el viaje duraba 15 días en grupo con la guía, yendo siempre juntos a todas partes y que los últimos cinco se consideraban una extensión a varios destinos que podías escoger. La mayoría del grupo, que en aquel momento yo no conocía, se fueron a las playas de Pattaya. Yo no sé ahora porqué opté por ir a Phuket, allí donde años más tarde ocurrió el tsunami que asoló a toda la población. Si hubiese estado en mi destino, aquella ola gigante me hubiera arrastrado como les sucedió a tantos turistas. Mi hotel estaba a primera línea de playa.  

Solo una pareja del grupo había escogido el mismo hotel. La chica era enfermera y enseguida que vio que yo estaba sola me dijo que si quería ir con ellos a cenar. Así lo hicimos y todo parecía ir muy bien hasta que al cabo de un rato me percaté que su compañero se sentía incómodo conmigo. Eran una de esas parejas que no pegan ni con cola. Ella una chica locuaz y él un tipo de esos de “encefalograma plano” que no saben casi ni pronunciar dos palabras seguidas, pero que en la cama deben hacer maravillas. Sin cortarse para nada y sin ningún pudor, le dijo a su pareja «oye yo me he apuntado contigo al viaje para que estemos solos, no para ir con esta tía». Al día siguiente, ella un poco avergonzada vino a mi habitación a decirme que aquel día querían estar solos. Yo por supuesto le dije que no se preocupara. Ya no los vi más hasta el último día.

Entonces aparecieron todos mis males, miedos y carencias. Como siempre, una de tantas en mi vida, yo estaba enamorada de un tipo que había conocido por Internet y que solo había visto una vez, pero que en aquellos momentos no sabía todavía que todo sería un gran engaño y aún tenía esperanza de que lo volvería a ver.

No me apetecía ir sola a la playa y mucho menos salir por la noche a cenar, en un lugar lúgubre que por las noches se convertía en una caza de jovencitas, casi niñas, por tíos babosos de todas las nacionalidades que buscaban sexo. Me quedaba en la piscina, comía y cenaba en el hotel. Aquellos días se me hicieron interminables. En la habitación tenía un catálogo con todos los servicios que proporcionaba el hotel y contraté una mañana a una esteticista. La chica muy jovencita, pero no por ello menos eficiente, me extendió dos pegotes de cera en los muslos y de un buen tirón arrancó los pelos que con tanto calor habían crecido durante aquellos días. Después disfruté de un masaje completo que me dejó como nueva y me hizo subir el ánimo. Al terminar me fui a recepción y me apunté a una excursión facultativa para visitar varias islas cercanas,  verdaderos paraísos que Leonardo Dicaprio nos mostró en la película La Playa.

Al día siguiente, muy temprano, un autocar lleno de turistas que venían de Malasia me pasaron a recoger. Por la mañana buceamos en un mar transparente de aguas azul claro plegado de fauna marina. Luego tomamos el sol en una playa de arena blanca. Allí me sentí tan triste y sola, añorando un amor imposible que se me negaba porque no existía. Yo estaba en el fin del mundo, en un verdadero paraíso y me sentía tan desdichada. A la hora de comer conocí a una pareja que al contrario de los otros enseguida me adoptaron y me ofrecieron comer con ellos en su mesa. El era alemán y ella de Chicago. Se habían conocido en la misma empresa en Malasía y se les veía muy enamorados. El amor nunca sabes donde lo puedes encontrar o quizás no te toca pasar esta experiencia en esta vida.


                            


sábado, 10 de abril de 2021

LA FLOR DE LA CANELA

 


                                                    


 

       

Una tarde calurosa del mes de agosto, allá por los años setenta, en un antiguo piso del barrio del Rabal, sonaba una música de María Dolores Pradera, La Flor de la Canela. Dos jóvenes habían regresado de pasar la mañana en la playa y con sus cuerpos todavía encendidos y bronceados por un sol sofocante, escuchando los acordes de la guitarra y la voz melosa que cantaba,  acercaron sus labios y tímidamente se dieron un beso; luego surgió otro y a medida que la canción avanzaba, los besos fueron haciéndose más intensos con un sabor dulzón y textura de miel.

          Esteban y Cruz se habían conocido en la misma empresa donde trabajaban, una farmacéutica suiza donde por aquel entonces, la mayoría de trabajadores eran jóvenes recién salidos del colegio o la universidad. Cruz tenía diecisiete años y Esteban diecinueve. La empresa había creado un club para sus trabajadores, con diversas actividades; biblioteca, teatro, toda clase de deportes e incluso organizaba salidas, excursiones y pequeños viajes. Aquel ambiente paternalista, pero muy agradable, hizo que surgieran muchas parejas.

          ­—­¿Has visto en el tablón de anuncios el curso de submarinismo que harán este verano? —preguntó Esteban a Cruz.

          —¡Ostras, sí! Te lo quería comentar, nos podríamos apuntar. He preguntado a la secretaria del club y me ha dicho que te has de hacer socio de las piscinas Montjuic y que allí harán las pruebas, pero que no nos preocupemos porque estará subvencionado por el club. 

 

          ¡Qué recuerdos, qué tiempos aquellos! Yo era esa jovencita, recién salida del colegio de las monjas, que un buen día en las vacaciones de verano, llamó a casa Sor Anastasia para que fuera a hacer una entrevista a una empresa multinacional. Pasada la prueba, enseguida me contrataron y, cuando llegó el mes de octubre, me incorporé a la empresa en un departamento con chicas de mi misma edad y una encargada que, ¡qué casualidad!, era hermana de una de las monjas del colegio. Esto significó que mi adaptación fuese  inmediata, pues casi era más de lo mismo. Todo pecado, pecado, pecado.

          Durante los años de colegio, yo era una niña retraída, huérfana de madre, con una madrastra que pasaba olímpicamente de mí, un padre bondadoso, pero que jamás llegó a cubrir la ausencia de mi madre y, por lo tanto, yo arrastraba fuertes carencias afectivas. La educación en el colegio era autoritaria y deficiente: rezar, ir a misa, labores, historia sagrada, biografías de vírgenes mártires beatas, pocas matemáticas, ¡ah!, y lo bueno y religioso que era Franco. ¡Esto sí que era adoctrinamiento!. Por supuesto jamás se hablaba de sexo ni nada que se le pareciese. Incluso los sueños eran pecado. Unas amigas y yo, las más intimas, queríamos ser monjas y siempre íbamos con las novicias que volcaban su cariño hacia nosotras. Éramos adolescentes y yo sufría unos enamoramientos que me producían un desequilibrio emocional terrible. A los chicos no los veíamos ni en pintura, porque cuando íbamos de colonias, si salíamos de excursión, las monjas ya procuraban que ni siquiera nos cruzáramos por el camino. La piscina la utilizábamos en días alternos y en la iglesia nos sentábamos en bancos separados.

          Por todo ello, cuando ya llevaba dos años en la empresa y nos trasladamos a otro edificio, porque otra multinacional nos había comprado, yo fui la primera a quién cambiaron a un departamento donde el personal era mixto. Cuando algún compañero se me acercaba y me prodigaba alguna sonrisa o palabra amable, yo me sonrojaba, temblaba e interpretaba que me estaba tirando los tejos, si es que no me llegaba incluso a enamorar.

          Al poco tiempo entró a trabajar Esteban, dos años mayor que yo, y enseguida hicimos buenas migas y empezamos a salir juntos. Nos apuntamos al curso de submarinismo. Fue una experiencia genial. A los dos nos encantaba la playa, el mar y fue así como cada vez íbamos intimando más, aunque no siempre salíamos solos porque teníamos un grupito de compañeros con los que compartíamos salidas y otras actividades.

          Aquel verano fue maravilloso y un día al regresar de la playa, nos dimos el primer beso. Recuerdo todo lo que sentí aquella tarde, mi corazón iba a explotar.  Me encantaba su compañía, porque era como una enciclopedia en pequeño. Sabía de todo un poco y yo me quedaba embelesada escuchándolo. Tanto hablábamos de los extraterrestres y mirábamos hacía el cielo buscando algún avistamiento, como leíamos los libros de  Lobsang Rampa, y por la noche intentábamos hacer viajes astrales. Al día siguiente comentábamos en el trabajo nuestra propia experiencia. 

          Un verano nos fuimos de vacaciones a Santander, con mi amiga del cole y su pareja. Esteban aprovechó para visitar a su familia, pero venía a dormir conmigo al apartamento que habíamos alquilado. La otra pareja no salían de la habitación y se pasaban la mayor parte del tiempo haciendo el amor. Nosotros lo único que sabíamos hacer, al menos yo, era besarnos, acariciarnos, hablar, reír, fumar, (en aquella época también lo hacías en la cama) y poco más. Ninguno de los dos se atrevía a ir más allá. Yo desde luego no tenía ni idea. También es verdad que de alguna manera todavía creía que debía conservar mi virginidad hasta el matrimonio.

          En el trabajo todos nos consideraban como una pareja y algunos de esos compañeros con los que compartíamos actividades se reían y comentaban sobre mi virginidad.

          Recuerdo un día, cuando ya llevábamos bastante tiempo saliendo, que se quedó a dormir en mi casa. Mi padre se había ido con su esposa y mi hermano pequeño a la Costa Brava. Estábamos los dos en mi cama y empezamos como siempre a jugar y a besarnos. Llegó un punto en que decidí poner fin a aquella situación estúpida y le pedí que continuáramos hasta el final. Quería dejar de ser virgen. El cuerpo me lo pedía. La temperatura había subido hasta el punto que sentía que estaba a cuarenta de fiebre. «No me funciona», me dijo incorporándose un poco y estirándose a mi lado. No le di ninguna importancia y nos pusimos a dormir.

          Pocos días después nos fuimos a pasar el fin de semana a Cadaqués. Yo iba ilusionada pensando en continuar lo que habíamos empezado. Me encantaba pensar que éramos novios. Él había regresado de la mili y ya no volvió a la empresa. Durante aquel tiempo preparó oposiciones y entró a trabajar en La Caixa. Ganaba un sueldo impresionante y algunas veces hablábamos del futuro, de comprar una especie de masía con caballos. A los dos nos encantaba montar. Aquella noche cenamos en uno de esos restaurantes románticos que hay cerca del mar y después de tomarnos un par de cubalibres nos fuimos al hotel. Nos quitamos la ropa y Esteban se encendió un cigarrillo. Yo ya estaba desnuda estirada en la cama esperando que él también lo hiciera. Se le veía nervioso, dando grandes caladas al cigarrillo. No sabía cómo decírmelo. Parecía que no encontraba las palabras adecuadas. «Tengo que contarte algo importante», me dijo, poniendo cara seria. «No puedo seguir siendo tu novio como a ti te gustaría, porque a mí me gustan los hombres. Por eso te fui dando largas y te contesté con evasivas a la carta que me enviaste al cuartel pidiéndome que me comprometiera y formalizáramos nuestra relación».

          Me quedé helada y no supe qué contestarle. Solo se me ocurrió decirle que yo no podía ayudarlo, ya que no tenía ninguna experiencia. Me contó que ya desde niño le gustaban los otros niños del colegio, incluso de más mayor se excitaba con ellos. La educación del momento también le hacía abandonar esos impulsos e intentaba en vano relacionarse con chicas para reconducir su naturaleza. Aquella noche salió del armario. Poco tiempo después encontró el amor de su vida en la universidad de Bellas Artes. Ahora son una pareja estable.

          Yo cargué con mi virginidad bastantes años más y, la verdad, no sé en qué preciso momento la perdí. Quizás un verano de vacaciones por Italia, con un tipo llamado Armando. Por supuesto me enamoré y estuve colgada bastante tiempo imaginando que vendría a buscarme para casarnos.

          Luego continuaron pasando hombres por mi vida, de los que algunos de inmediato me enamoraba, aunque ellos más bien me consideraban solo como una amiga, o incluso una hermana, diciéndome al cabo de un tiempo adiós con una frase lapidaria: «Mira que eres guapa, inteligente, buena persona, pero yo ahora no puedo comprometerme».

          He llegado a creer, e incluso a preguntarme: ¿Dónde siento yo el amor? ¿Seré asexuada?

domingo, 7 de febrero de 2021

DECEBUDA

    


 

La dona va agafar el paraigua d'una embranzida i va sortir de casa endinsant-se en una pluja torrencial, que en pocs moments li va calar els ossos. Caminava lentament mig encorbada, plena de tristor i ràbia, abraçant el paraigua com si aquest, a més a més de protegir-la de l'aigua, també pogués eixugar li les llàgrimes.

    Et vaig estimar fins a l'infinit. T'ho vaig donar tot, cos i ànima. Et vaig fer costat en els moments més difícils, quan ningú apostava per tu. Vaig ser la teva confident, amiga i amant. Ho compartíem tot i gaudíem de la vida perquè els dos ho necessitàvem. Érem feliços encara que en alguns moments els dubtes t'atrapessin. Una trucada des de l'altra part del món t’omplia de remordiments. Et posaves trist, però jo de seguida et consolava. Ja sabia que el teu amor per mi no estava a l'altura, però confiava que el temps ho canviaria tot. Que em repetissis, com un mantra, que tu i jo només érem amics no aconseguia esborrar del tot aquella felicitat dolça que mai havia sentit, Potser em queia una llagrimeta, però caminava endavant amb una gran bena als ulls. Estava enamorada.

    Tot allò es va acabar, perquè totes les coses tenen una durada o perquè mai hauria d'haver començat. Vas trobar finalment la dona d’els teus somnis, prima, rossa i amb caràcter. Suposo que els dos sou molt feliços i me n'alegro.

    Però, jo ho havia perdut tot, també els amics que em varen castigar per embolicar-me amb tu, un home casat. I com si això no fos suficient, aquest matí, una veu tòxica, d'aquelles que els agrada sucar-hi pa, em posa al dia i m'explica que vas escampant les meves misèries. Les meves pors, les meves inseguretats, la meva dependència, tot allò que en la nostra intimitat jo et vaig confiar.

    Ara deixo que la pluja s’emporti les llàgrimes. Avui comença allò que mai hauria d'haver permès que acabes, la meva dignitat.      

lunes, 16 de noviembre de 2020

SUEÑO EN VENECIA

 

                                                          


Aquella noche me fui a dormir inquieta, cansada y triste. Sabía que tardaría en conciliar el sueño, tus palabras me resonaban una y otra vez en mi cabeza. »No entendiste que quise ser nido y no jaula« Lo cierto es que no fue así
amor, o al menos no me lo hiciste sentir de esa manera, sino todo lo contrario. Finalmente caí rendida y el sueño me venció.

Una luz tenue ilumina el callejón. De vez en cuando me giro porque siento pasos detrás de mí, cada vez más cercanos, quiero disimular el miedo que me aterra y finjo una sonrisa. Faltan pocos pasos para alcanzar la pensión donde nos alojamos. No quiero hacer ruido, pero la capa roja de seda que me regalaste, produce unos sonidos de fricción estridentes que alertan a quién sea el que me esté siguiendo. Me paro y…¡terror!

Me desperté sobresaltada en medio de la noche, el corazón me latía con fuerza y tenía el camisón húmedo. Me faltaba el aire. ¿Por qué siempre se me repetía el mismo sueño, que ya se había convertido en una pesadilla? Y lo peor es que jamás veía al tipo que me perseguía. Por otra parte, nunca he tenido una capa de seda roja ni he ido de carnavales a Venecia. Ya me hubiese gustado. Es todo muy extraño. Después de serenarme, continué durmiendo.

A la mañana siguiente, mientras me preparaba mi batido de frutas con avena y leche de coco, me vino a la mente el día que casi me obligaste a ir a la exposición en el Caixa Forum. Yo tenía otros asuntos, podíamos haber ido otro día, pero tú te enfadabas si no se hacían las cosas tal y como tú las querías. Después de una discusión, por fin fuimos.

Aquel cuadro tenía algo que me impresionó. Ahora recuerdo...¡ostras!, pero si era la misma chica del sueño. Sí, te dije que no me agobiaras más, ni mucho menos me siguieras cuando quedo con mis amigas o te digo que voy a un recado. Te hice ver que me sentía como la chica del cuadro. Todos tus regalos no compensan el que me tengas prisionera en una jaula, aunque ésta sea de oro. Te quiero amor, pero lo nuestro no funcionó. Deja de perseguirme por las noches, aunque sea en sueños.














miércoles, 29 de mayo de 2019

LA DESPEDIDA

Abrí los ojos sobresaltada. Miré el reloj y… ¡horror!, qué tarde era, el despertador no había sonado. Llovía, me había dormido. Di un salto de la cama y entré en el cuarto de baño, pasé de darme una ducha, no tenía tiempo. Me vestí con las ropas que encontré por allí tiradas y salí corriendo. Me rocié con la colonia que le gustaba. Cuando ya subía el ascensor me di cuenta que no llevaba las llaves del coche. Volví a abrir la puerta de casa y, por favor ¿dónde las dejé anoche? ¡Dios, qué nervios! No podía dejar que se marchara, sin despedirlo, sin aclarar las cosas, sin decirle la verdad, lo mucho que lo amaba. El tráfico estaba imposible, lunes por la mañana. Hice sonar la bocina varias veces y pisé el acelerador, miré el reloj y no llegaba. Adelanté varios coches y ocupando los espacios libres en la larga caravana, conseguí por fin alcanzar la estación central. Un nudo en el estomago me oprimía. Dejé el coche en un aparcamiento para inválidos y volé hacia el andén de los trenes de larga distancia. Se veía un tren en la lejanía que seguro había partido hacía pocos minutos. Me quedé clavada en el suelo con los ojos fijos en la distancia, nublados, llenos de lágrimas. Escuché pasos detrás de mí, alguien se acercaba y, cuando giré la cabeza para mirar, unos fuertes brazos me rodearon diciendo: -Qué bien hueles, amor. Perdí mi tren.

jueves, 3 de mayo de 2018

PENSION LA CRUZ


Había estado nevando toda la noche y todavía caían algunos copos de nieve que se estrellaban y disolvían en el agua. El rio bajaba ligero sorteando las piedras que encontraba por el camino. Quizás ese pequeño sonido despertó a Susana, que abrió los ojos sin saber bien bien dónde estaba. Llevó la vista hacia la ventana y vio los copos de nieve caer, ahora arrastrados por la ventisca que los dispersaba en todas direcciones. Respiró hondo y un sentimiento de felicidad le invadió el alma. Miró a su derecha y Mark continuaba durmiendo con una respiración silenciosa y pausada. Notó su calor confortable y su brazo que con suavidad la tenia cogida. Le observó durante unos instantes, sus ojos cerrados, la nariz afilada, los labios carnosos. El solo contacto con su piel la excitaba. Dios mío, qué feliz me siento. Esto es lo que siempre había soñado. Los ojos se le llenaron de lágrimas porque otros brazos fuertes y robustos también hace muchos años, de la misma forma cálida, la abrazaban por las noches cuando en medio de la oscuridad se despertaba llorando por la ausencia de mamá. Su padre la acurrucaba hasta que la vencía el sueño. Con estos recuerdos, miró de nuevo a la ventana, y viendo los copos caer, volvió a dormirse.

 Un aire frio le estaba helando la espalda. Se despertó y vio a Susana que se había apropiado de toda la ropa de la cama. Con cuidado para no despertarla, cogió una punta del nórdico y se cubrió el cuerpo desnudo. Qué hora sería, habían quedado para desayunar con la otra pareja y subir a las pistas. No había prisas. Si no esquiaban hoy lo harían mañana. Susana despedía una fragancia especial que hizo que la deseara. No era ni mucho menos su tipo. No era la mujer esbelta de la que todavía estaba enamorado y que tantas noches, tardes y mañanas habían disfrutado de un sexo sin límites, con la complicidad de los buenos amantes. Qué había ocurrido, tantos años sin una sola caricia, sin ni siquiera un beso. ¿Dónde había fallado? ¿En qué momento su mujer lo aburrió? ¿Por qué me castiga de esta manera? Me siento abandonado. Susana seguía durmiendo, dibujando una sonrisa en sus labios. No era fea, tenía unas curvas pronunciadas y ayer me hizo feliz. Se entregó a mí y dejó que la condujera. La hice temblar como una hoja. Jamás había recibido tanto amor de una mujer. Sus besos cálidos realmente sabían a miel. Estaba traicionando a su mujer pero ella se lo había buscado. Ya no aguantaba más aquella situación de abandono. Se estaba ahogando. Pero he metido a Susana en un buen lío. Está enamorada de mí. Lo veo en sus ojos. Lo siento en sus caricias. Yo sin embargo, si pudiera arreglar mi matrimonio, tantos años tirados por la borda. Mañana cuando vuelva a casa, qué le digo. Me hará preguntas, querrá saber si me he acostado con su amiga.

 La temperatura había subido varios grados y Susana notó que todo su cuerpo se estremecía. Abrió los ojos y vio a Mark que la estaba observando, mientras su mano le acariciaba el pubis. –Buenos días cariño, está nevando mucho, ¿lo has visto? ¿Iremos a esquiar? ¿Qué hora es? Ya no pudo emitir ningún sonido más porque los labios de Mark le tapaban la boca. Toda la ropa sobraba. El nórdico acabó en el suelo y ellos dos encima. Sus cuerpos se revolcaban en un eterno frenesí. Ah!, cuánto placer, jamás ningún hombre me había hecho sentir de esta manera, voy a gritar. A través de la ventana se veía la nieve deslizarse con copos cada vez más grandes y copiosos. Los dos cuerpos extenuados yacían sobre la cama. Seguro que hoy no esquiarían. Se miraron a los ojos con complicidad y se abrazaron de nuevo. De repente sonó el teléfono de Mark. Se incorporó de un brinco. Marta, su mujer, lo requería para algún asunto doméstico que como siempre ella era incapaz de solucionar.

Susana, se levantó de la cama, cogió algo de ropa para cubrirse y se acercó a la ventana. Había parado de nevar y parecía que las nubes se estaban dispersando. Un tímido sol quería mostrarse entre ellas. Los ojos de Susana se volvieron a llenar de lágrimas y un nudo en la garganta le frenaba el llanto. Se estremeció pero ahora por un presentimiento que la hizo entristecer. Aquel hombre que la podría hacer inmensamente feliz, jamás seria para ella.