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sábado, 3 de febrero de 2007

VERANO DEL 94



Hacia pocos meses que la empresa nos había traslado a la fábrica que tienen en El Prat y por aquel motivo, nos dieron un dinero extra como indemnización.

En aquella época, yo salía con mi amiga Loly, y cuando llegaron las vacaciones decidimos cruzar el charco y marcharnos a La República Dominicana. Estuvimos mirando en varias agencias de viajes y al final nos decidimos por Playa Bávaro. Después de un largo y fatigoso viaje, un vuelo regular de Iberia nos llevó a la hermosa isla. Cuando llegamos al conjunto turístico de hoteles, enseguida nos percatamos que el 90 por ciento de la gente eran parejitas de recién casados o similar. Loly acababa de romper con su sexto o décimo novio y no estaba de lo que se dice demasiado animada. Después de un par de días de rutina de tomar el sol, hacer aerobic en la playa, beber un cóctel dentro de la piscina, aprender a bailar el merengue y vestirnos de largo para la cena y el espectáculo de la noche, yo le comenté a mi amiga que me iba a apuntar a todas las excursiones facultativas para ver si aprovechaba mejor el tiempo.

Empezamos por una de medio día, que consistía en un paseo a caballo hasta una granja cercana y allí esperar que anocheciera jugando a una especie de cricket subidas en burros, para luego servirnos una cena campestre finalizando con un ritual de budú. Nos vino a buscar al hotel un pequeño autocar con uno de los guías locales de la Compañía, llamado Néstor. Era dominicano, aunque nos comentó que sus antepasados habían sido traídos como esclavos de Africa y por eso su color y facciones pertenecían mas a la raza negra. Era alto, elegante y musculoso. Tenía unos 25 años y enseguida como acostumbran los guías, al vernos solas, se acercó a nosotras y se enrolló. Mientras duró el paseo a caballo, empezó a tirarme los tejos de una forma casi infantil y descarada, achuchando a mi caballo para que corriera y luego él hacer ver que venía a salvarme. Después de la cena empezó el budú, escenificado por un grupo de pobres haitianos que, después de pasarse todo el día recogiendo la caña de azúcar en los campos, los transportaban en camioneta a la granja para hacer el ritual. Encendieron un gran fuego y nos repartieron a los turistas que rodeábamos la hoguera, CocaCola y ron. Un hombre mayor, delgado, simulaba que entraba en éxtasis y jugueteaba con una gallina. El fuego, el alcohol y la danza en sí, hacían que tú también entrarás en una especie de trance. Entonces Néstor se acercó hacía mí y balanceándose al son de la música, rozaba mi cuerpo sin ni siquiera tocarme. Clavó sus ojos en los míos y acercaba los labios a mi boca, sentía su fuerte respiración pero cuando yo cerraba los ojos esperando recibir el beso, él desaparecía y lo veía bailando en otro lugar. Así transcurrieron un par de horas hasta que regresamos al hotel.

Al cabo de dos días, me volví a apuntar a otra excursión, esta vez de día entero. Loly se quedó durmiendo y dijo que luego tomaría un poco el sol y me prometió que comería algo. Tuve que madrugar bastante y estábamos esperando en el hall del hotel, cuando apareció nuevamente Néstor con un minibus. Aquello me despertó de golpe y me alegró.

Formábamos un pequeño grupo de 15 personas, seis parejas, el chófer, Néstor y yo.

Nos dirigimos al puerto donde esperaban mas turistas de otros hoteles, con un par de grandes catamaranes que nos llevarían a la zona de manglares. Mi inquietud era todo el tiempo por ir en el mismo barco que Néstor, pero eso no fue posible, pues él mismo me acomodó al lado de la mamá de un médico argentino que viajaba con su esposa y él subió en el otro. Llegamos a una zona de aguas cristalinas, donde podías ver el fondo de corales y peces multicolores que tranquilamente nadaban por allí. Los guías nos animaban a zambullirnos en las cálidas aguas y las parejitas se despistaban para hacerse sus calantoñas. Yo me lancé al agua y nadé unas brazadas. Miré hacía la barca y Néstor se había sacado su uniforme de Lacost amarillo y pantalón azul marino corto y se disponía a saltar. Por unos momentos su cuerpo atlético me tapó el sol y no pude ver cómo se acercaba por debajo del agua hasta donde yo me encontraba. De un impulso apareció a unos pocos palmos de mí. Las gotas de agua se deslizaban por su piel brillante, negra y tersa. Me entraron grandes deseos de lamerle el fornido brazo, su pecho y . . . pero miré por el rabillo del ojo y varias parejitas nos observaban expectantes.

A la hora de comer fuimos a una pequeña aldea donde nos recibieron unos tenderetes de artesanía, abalorios y souvenirs. Para aquel entonces el corazón ya me latía cual caballo desbocado y mientras disimulaba tocando las telas y probándome algún que otro pendiente, Néstor se acercó y me dijo que después de comer cuando la gente se relajase, podríamos tener unos momentos para nosotros y me llevaría a una cala no muy lejos de allí. Por supuesto no comí casi nada esperando el momento, pero los camareros eran tan lentos en servir la comida, que cuando parte de la gente ya había terminado, algunos todavía no habíamos empezado el primer plato. La familia de argentinos fueron de los del primer turno y cuando acabaron de comer se acercaron a darle conversación a Néstor. El se le veía nervioso controlando el reloj y con la mirada me buscaba. Yo estaba dispuesta a no comer nada, pero cada vez mas gente rodeaban a Néstor en una fraternal charla. Me levanté y me puse delante de él apoyada en un poste del merendero, mirándole fíjamente a los ojos, sensual y como dejándome ir. El cuerpo me ardía y deseaba que se abriera la tierra y se tragara a toda esa gente estúpida que estaban entreteniendo y entorpeciendo nuestro encuentro. El me miró y echó una carcajada. Se hizo tarde y volvimos todos juntos a las embarcaciones y de allí al hotel. Cuando ya despidió a todo el mundo, me dijo que lo esperara a las 10 por donde todas las noches hacían el espectáculo y que podríamos tomar una copa en la discoteca. Me preguntó si me había bañado alguna vez a la luz de la luna y con una sonrisa se marchó. Fui corriendo a la habitación, se lo conté ilusionada todo a Loly, me duché y empecé a buscar en el armario qué ropa me iba a vestir. Loly me dijo que no había comido casi nada y que le apetecía cenar en el comedor de pescados al grill. Nos hicimos unas cuantas fotos por la piscina y alrededores y tomamos la cena con una de las parejas que por la mañana habían hecho la excursión. Estuvimos recordando anécdotas y yo ya me estaba poniendo nerviosa mirando la hora. Acabamos de cenar y Loly dijo que se iba a dormir porque no se encontraba muy bien. Yo me fui con la pareja de andaluces al teatro al aire libre, donde había quedado con Néstor. Esperé nerviosa en balde, pues aunque di mil vueltas buscándole, no se presentó. Triste y deprimida, acompañé a las parejas que me animaron a ir a la discoteca y a los pocos momentos de estar allí, entró Néstor acompañando a un grupo de varias personas. Me acerqué temblorosa a la barra y con rabía le dije: - Tío! ¿Pero tú de qué vas? – Mujer, no me hables así. ¿No ves que estoy trabajando? Tengo que llevar a esta gente al aeropuerto. Al instante me di cuenta que iba vestido con su uniforme de Lacost amarillo, pero ahora el pantalón azul marino era largo. Estaba más guapo que nunca. Empecé a beber y no recuerdo cuántas copas tomé.

La noche era oscura y una ligera brisa refrescaba el ambiente. Paseé por la playa con los pies desnudos. Iba sonámbula sin rumbo fijo. La espuma de las tímidas olas hundían y enterraban mis pies en la arena. Me senté en unas rocas y miré al cielo contemplando las estrellas que asomaban entre las grises nubes. De repente unas fuertes manos aprisionaron mis pechos. Me giré y mis labios se toparon con su boca. Nos besamos no sé cuánto tiempo. No quedó ni un centímetro de nuestro cuerpo sin caricias ni besos. Una corriente intensa recorría todo mi ser, temblaba y me estremecía. Estaba completamente excitada y me sentía húmeda. Abrí los ojos y Loly dormía plácidamente.

Al día siguiente regresamos a Barcelona.




PULIDORA DE ESTRELLAS




No sé exactamente qué ocurrió, sólo recuerdo que iba conduciendo mi coche nuevo. Hacía pocas semanas que me lo habían entregado y lo estaba probando. Circulaba a gran velocidad y lo quise poner al máximo para averiguar cuántos kilómetros alcanzaba. Me sentía contenta y feliz, pues hacía mucho tiempo que no conducía y en aquellos momentos estaba experimentando un profundo placer. De repente una luz intensa me deslumbró por completo y de inmediato sentí un fuerte impacto.

Sin explicación alguna, todo quedó oscuro y fui transportada por una especie de largo túnel. A medida que iba descendiendo, bueno... lo cierto es que no tengo ni idea si subía o bajaba, me fueron pasando como fotogramas, imágenes y recuerdos que ya tenía olvidados. Vi a mi madre que llevaba a una niña de la mano, que no tendría más de dos años. También apareció mi padre en su taller de joyería, moldeando una pieza, como tantas veces lo había visto a mi vuelta del colegio, cuando entraba a darle un beso. Así fueron sucediendo vivencias con familiares, amigos, mi primer novio; viajes, etc. Entonces lo vi claro, había muerto.

El paisaje me resultó familiar. Era como cuando viajaba en avión y veía las nubes flotando en el aire, como grandes masas de algodón de diferentes formas y tamaños. Ahora yo estaba caminando por encima de ellas, al igual que había imaginado en muchas ocasiones. Sin darme cuenta, se acercó un señor con barba que me pareció un ángel, pero que también pudiera ser un monje. Me dijo que me acomodara en la nube que más me gustara. También me indicó que al día siguiente debería presentarme en la oficina de empleo. Aquello me sorprendió, pero no pronuncié palabra. Pasé la noche recostada en una pequeña y regordeta nube que me pareció muy cómoda. A la mañana siguiente, los primeros rayos de sol me despertaron.

Todo había cambiado de aspecto, y una gran ciudad en medio de un frondoso bosque se abría ante mí. Los colores eran intensos y parecían sacados de un cuadro al óleo. Se veía un gran ajetreo, pero no parecía que a nadie le afectara. No me costó en absoluto encontrar la oficina de empleo. Me percaté enseguida que al igual que yo, mucha más gente recién llegada, hacían cola esperando les explicaran de qué iba el asunto. No sé cuánto tiempo transcurrió, quizás fue sólo un instante, cuando el empleado, que parecía otro ángel, me preguntó mirando mi expediente:

- ¿Qué le apetecería hacer? Puede escoger entre: Constructor de estatuas de hielo, militar vigilando el desierto, peinador del mar, o pulidor de estrellas. Esto último me pareció interesante. Sin dudarlo le contesté: - Pulidor de estrellas.
- Bien, sabía que escogería esto. Es ideal para usted. Empezará mañana por la noche, ¡claro!, aunque ya puede recoger en la habitación de al lado los bártulos. ¡Ah!, no se olvide de leerse bien el libro de instrucciones.

Me cogió aquel típico hormigueo que experimentas cuando empiezas un nuevo trabajo y dudas si serás capaz de desempeñar aquella tarea. Me senté en un banco y abrí el manual. Fui pasando hojas pero ninguna estaba escrita. Sin embargo, a medida que las pasaba, sabía exactamente cómo y de qué manera debía hacer el trabajo.

Cuando al día siguiente empezó a oscurecer, me monté en el transporte que me facilitaron. Era una especie de vehículo como los que utilizan los jugadores de golf, y cargué en él, cepillos, fregonas, cubos, etc. Para aquel entonces todo el cielo estaba ya cubierto de estrellas y me fui a la que me pareció más lejana. Descargué todos los bártulos y me dispuse a limpiarla. Era una bonita estrella de seis puntas pero que estaba completamente opaca y sin brillo. Empecé a frotarle fuertemente con una bayeta humedecida y apareció la cara de una niña que me miraba sonriente. Me estremecí y recordé las palabras de mi amor: “Te veo princesita en el Universo, brillando como una estrella” Me fijé bien y esa niña era yo misma, atrapada dentro de la estrella. ¿Había estado allí siempre, o acababa de llegar?. Recordé también entonces, cuando de niña preguntaba por mamá y mi padre me sacaba a la terraza y mirando al cielo me decía: - Cariño, mamá está en el cielo. “Las personas buenas cuando mueren se van al cielo y se convierten en estrellas”. Empecé a frotar más rápido, con el ansia de descubrir toda la imagen. En aquel preciso momento apareció otro ángel y me dijo:

- No se agobie, tómeselo con calma. Tiene toda la eternidad para pulir las estrellas.