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domingo, 28 de mayo de 2023

VOLANDO ENTRE SUEÑOS

                                      


Cuando era jovencita, soñaba muchas veces que volaba. Me veía feliz, agitando mis brazos entre las nubes. Volaba a una altura considerable, y atravesaba ríos y montañas. Me sentía libre, y gozaba del maravilloso paisaje que transitaba debajo de mí. De repente, sentía que iba perdiendo altura y me acercaba a alguna población. La gente miraba hacia el cielo y querían atraparme. En algunas ocasiones, lograban cogerme. En ese momento me despertaba. El sueño era recurrente.

 

          Por aquel entonces, yo vivía todavía con mi padre y la madrastra. La convivencia era insoportable. Yo tenía ganas de huir. Añoraba a mi madre que casi no la conocí, pues marchó a ese lugar sin retorno, cuando yo sólo tenía tres años. Siempre he sido una niña especial, llena de carencias.

 

          Cursé los estudios primarios y Comercio, en un colegio de monjas, y tuve la gran suerte de, al cumplir los quince años, entrar a trabajar en una multinacional química. Aquello me cambió la vida por completo. Eran los años 70.  Allí mismo nos formábamos profesionalmente y crecíamos como personas. Algo impensable hoy día. Cada mañana doy gracias al Universo, por haber tenido tanta suerte. Siempre he estado en el momento oportuno, en el lugar adecuado. Me refiero, para ir promocionando.

 

          Fueron transcurriendo los años, y la empresa se movía. Fusiones, separaciones, cambios de domicilio. Los tiempos cambiaban rápidamente. Yo con mi afán de crecer y adquirir cada vez más conocimientos, me presentaba muchas veces voluntaria, para según qué nuevos proyectos que la empresa ofrecía. Por supuesto, continuábamos formándonos dentro de la propia empresa, haciendo cursos relacionados con el trabajo que en cada momento desempeñábamos y actualizándonos con las nuevas tecnologías. Entre ellos estaban también los idiomas. Había un presupuesto generoso para estos fines.

 

          El Setiembre del 93, me fui a estudiar inglés a Nueva York, con los fondos que el jefe firmó para mí. Fue una experiencia inolvidable. Por las mañanas, de 9 a 12, estudiaba en la academia Bertliz, en Rockefeller center. La misma escuela me había facilitado un alojamiento, con desayuno incluido, en casa de una viuda que tenía dos amantes y vivía en la calle Park Avenue, con la 98, cerca de Harlem hispano. Cuando salía de la escuela me dedicaba a hacer turismo. Allí conocí a una chica alemana, de Stuttgart, y nos hicimos muy buenas amigas. Nos recorrimos todo Manhattan. Siempre íbamos juntas a todas partes. Entonces andábamos ligeras y nos gustaba patearnos las calles. Cuando nos cansábamos, cogíamos el metro y bajábamos al Trade Center, y nos quedábamos a las fiestas nocturnas que se organizaban en el Sea Port. Nueva York era sorprendente y al mismo tiempo familiar. ¿Cuántas películas habíamos visto de Hollywood que no saliera la maravillosa ciudad llena de rascacielos?. Muchas de Woody Allen. ¿Quién no recuerda “Hannah y sus hermanas” y otras más?. En aquellos momentos todo era novedoso para mí.

 

          La señora de la casa nos preparaba suculentos desayunos americanos; con sus huevos, beicon, tostadas, etc. Los jueves nos avisaba, y casi nos suplicaba, que no regresáramos pronto por la tarde, porque le venía su amante canadiense. Ese día, cuando recogía el servicio del desayuno, ya dejaba preparada la mesa del comedor con mantelería nueva y copas de vino de cristal. Su amigo habitual era el conserje del edificio, pero el hombre del cual ella estaba realmente enamorada era el señor que cada jueves venía a trabajar al Metropolitan Museum. Después disfrutaban de unas maravillosas veladas nocturnas.

 

          Cuando finalizó el mes, tanto mi amiga Anne, como yo, regresamos a nuestros respectivos países y trabajos. La vida a veces te da sorpresas, y mira por dónde, que al cabo de unos años, mi empresa que era suiza, se fusionó con una alemana. Y mira qué casualidad que era donde trabajaba mi amiga. Entonces ya no sólo éramos amigas, sino también compañeras de trabajo en diferentes sites.

 

          Al poco tiempo, ella vino a España a controlar unos flujos de trabajo en el departamento de Logística. Por aquellos tiempos, yo tenía un grupo de amigos con los que salía por las noches y los fines de semana. Enseguida la introduje en el ambiente, y así nos hicimos todavía más amigas. Le enseñamos toda Barcelona y al llegar el buen tiempo, disfrutábamos de las playas de todo el litoral. Cuando ella regresó a Stuttgart, pasados unos meses, cogí unos días de vacaciones y la fui a visitar. Recuerdo un viaje en autocar que se me hizo pesadísimo. Todos los otros viajes que se sucedieron, por supuesto los hice en avión. Ella me acogía en su casa, un apartamento precioso con jardín, en el barrio de Filderstadt. Allí se relacionan mucho los vecinos de la comunidad y siempre preparaban cenas, eso sí, a las seis de la tarde como es su costumbre.

          La fusión con los alemanes, para mí fue muy beneficiosa, porque cuando suceden estos hechos se reestructuran los departamentos y se reparte el personal de ambas empresas. No es una tarea fácil, a pesar de que vienen empresas externas de consultores que ayudan a esta labor. En aquellos momentos los derechos de los trabajadores eran sagrados y no se despedía a nadie, como no fuera alguna jubilación anticipada. Mi departamento concretamente era Cuentas Corrientes Clientes. Yo me ocupaba de los clientes de exportación y una de las tareas era el pago de comisiones de las ventas a terceros. Era un trabajo confidencial que mi larga experiencia me hacia desarrollarlo con total seguridad. Y entonces sucedió aquello de estar en el lugar oportuno, en el momento adecuado. Ya llevábamos un par de años fusionados, con lo cual, cada uno estaba más o menos cómodo en su nuevo puesto de trabajo y ya habíamos asimilado los roles que nos competían. Las oficinas estaban en la Vía Augusta con Ganduxer, y allí mismo teníamos una salida de los ferrocarriles catalanes. Algunas veces, incluso bajaba andando a casa después del trabajo. Yo vivía cerca de Plaza de España.

          Una mañana, solo llegar al trabajo me llamó la secretaria de la directora para que fuera a verla a su despacho. Me puse un poco nerviosa, pues era una señora amable pero muy estricta y no se iba con rodeos.

          —Toma asiento Susana, —me dijo señalándome un pequeño sillón azul que tenía para las visitas. —El Ceo de Suiza me acaba de llamar para comentarme un asunto que quizás te puede interesar.

          Yo puse cara expectante y cada vez me iba poniendo más nerviosa.

          —Aunque todavía es confidencial, me ha dicho que van a abrir una sucursal en Nueva York y entre los asuntos que se llevarán allí, quieren centralizar el pago de las comisiones. Como ya te conocen, porque esta tarea la llevas tú personalmente, me han pedido que te informe de, si te interesaría ir durante un tiempo a Nueva York, para organizarlo todo junto con otros empleados, que también viajarán de otros países.

          «¡Wuala!, pensé. Es lo que yo estaba deseando. Un cambio, volver a Nueva York y esta vez a trabajar»

          —¿Qué me dices?

          Inmediatamente contesté que sí.

          —Pues no se hable más. Cuando tenga todos los detalles ya te los iré comunicando. De momento no digas nada a tus compañeros. Sólo lo sabe tu jefe inmediato, Joan.

          Aquella noche no pude dormir de la alegría. Necesitaba un cambio ya. Emocionalmente estaba destrozada. Una vez más me habían engañado y roto el corazón. Los maravillosos amigos para salir se fueron desanimando y ya casi no había hombres en el grupo. Sólo quedábamos las amigas y algunas también encontraron novio y dejaron de venir. Me estaba quedando más sola que la una, y por otra parte se me iba pasado el arroz. Un día contesté un anuncio y conocí a un tío, que en un principio su aspecto físico no me convenció, pero le quise dar una oportunidad. Iniciamos una relación, por mi parte más de sexo que de otra cosa, pero él resultó ser un vividor y un maltratador. Suerte que al final, ayudada por la familia y amigas, me lo conseguí sacar de encima. Su único propósito era instalarse en mi casa y que yo lo mantuviera. Por eso que el cambio me iría genial para olvidarme de todo y pasar página.

          En Enero del año 2000, recién pasadas las Navidades, viajé a Nueva York y me reincorporé a mi nuevo puesto de trabajo. La oficina estaba nada más y nada menos que en uno de los edificios de las torres gemelas, en el Trade Center. El primer día nos hicieron una fiesta de bienvenida los jefes que vinieron de Suiza y Alemania, y nos presentaron a todos los compañeros que venían de otros países. Entre copa y copa me fijé en un chico de tez bronceada que me estaba observando, y cuando se cruzaron nuestras miradas, vino enseguida a saludarme.

          Ciao, bella, sono Armando, de la filial en Italia.

          El corazón me dio un vuelco, porque hace muchos años, en un viaje que hicimos con una amiga por toda Italia, también me enamoré de un Armando. Aquel romance duró poco más de lo que duraron las vacaciones y yo, como siempre, me quedé un tiempo tocada.

          Como no sabíamos el tiempo que íbamos a estar, hasta que no organizáramos y centralizáramos el trabajo del pago de comisiones, la propia empresa me facilitó un apartamento que compartía con varias compañeras.

          Yo continuaba relacionándome con mi amiga Anne de Stturgart y la iba poniendo al día de mis progresos con Armando. Aquello fue un flechazo a primera vista. Siempre me han gustado los italianos. Tan limpios y aseados, tan simpáticos y este Armando era maravilloso. Me contaba que su familia vivía en la Toscana, y su padre tenía viñas y elaboraba un vino tinto de calidad. Algún día me llevaría a conocerlos. Al terminar la jornada laboral nos íbamos a cenar a cualquier restaurante del Little Italy y allí estábamos hasta altas horas de la noche. Al final cogimos entre los dos un pequeño apartamento en Brooklyn. Jamás he sido tan feliz en mi vida como aquellos maravillosos momentos que viví con él. Reíamos mucho, hacíamos planes de futuro y sobre todo, nos amábamos con ternura y pasión. Algunas veces, los sábados por la mañana, nos íbamos a pasear por Central Park y un día lo llevé a conocer a mi antigua casera que se alegró mucho de volver a verme y nos preparó una suculenta comida. Aquel día también estaba su amor canadiense.

          Había transcurrido un año desde que llegara a Nueva York y, como el trabajo que habíamos venido a organizar, ya iba solo con las nuevas tecnologías, cada vez más avanzadas, nos reunieron a todos y nos comunicaron  que algunos empleados podríamos regresar a nuestros países de origen, tal y como habíamos firmado en el contrato. De todos modos, algunos de nosotros nos podríamos quedar en Nueva York por un tiempo más, previa solicitud por escrito.

          Armando y yo nos miramos y no tardamos ni un segundo en rellenar el formulario para solicitar quedarnos. Nos encantaba nuestra vida en Nueva York y no íbamos a prescindir de ella, ni asumir de momento ningún cambio.

          Fueron pasando los meses y llegó el caluroso verano. La verdad es que tenía acumulados todos mis días de vacaciones, que ya sabemos que en Europa son muchos más de los que pueden disfrutar los americanos. Decidí cogerlos y regresar a España. También tenía ganas de volver a ver a mi gente, familia y amigos de Barcelona. Organizamos el viaje. Armando se tenía que quedar unas semanas más hasta que no acabara un trabajo que tenía entre manos. Después se reuniría conmigo y también quería conocer a mi familia. Esos días me llamó mi amiga alemana y al enterarse de que venía a Barcelona, me propuso venir a verme y pasar algunos días juntas en la playa en algún pueblecito de la Costa Brava. Así lo hicimos. Reservamos un hotelito en Cadaqués y esperaríamos que viniera Armando. Cada noche hablábamos por teléfono. Yo lo añoraba muchísimo. Tenía muchas ganas de verlo y hacer el amor como siempre, con ternura y pasión.

          —Te veo muy enamorada, —me dijo una noche Anne, cenando. —¿Ya sabéis si os podréis quedar los dos en Nueva York? ¿Os han dado alguna respuesta?

          —Las cosas de palacio van despacio, pero Armando y yo lo hemos estado hablando y cuando tengamos la respuesta, tomaremos una decisión. La empresa sabe que estamos juntos y creemos que lo tendrán en consideración.

          Aquella misma noche me llamó Armando como era habitual y me dijo que se retrasaría unos días más. Se le había complicado el trabajo. Anne ya tenía que regresar a Alemania y el día 11 de Setiembre del 2001, por la mañana, cogimos el coche y regresamos a Barcelona. Paramos a mitad de camino para comer y después mientras iba conduciendo me sonó el teléfono pero no lo pude coger. Era una llamada perdida de Armando, que tiempo más tarde escuché en el contestador. 

          Al llegar a casa, mientras yo deshacía la bolsa de viaje, Anne encendió la televisión y pegó un grito diciéndome que fuera corriendo a ver las noticias. El corazón me dio un vuelco. Me temblaron las piernas. Dos aviones dirigidos por terroristas, chocaron a propósito en las dos torres gemelas de Nueva York, produciendo un incendio descomunal hasta el punto de hacerlas caer. Corrí hacia el bolso a coger el teléfono y escuché el mensaje entrecortado que me había grabado Armando: «Te amo Susana, te amo con locura. Esto es un caos. No sabemos qué ha ocurrido. Estamos bajando a pie por las escaleras».

          Desde entonces, por muchos años que hayan pasado, muchas veces tengo el mismo sueño recurrente.

«Planta 48, puerta 24, no pensaba tener que volver aquí de nuevo»

 

Así empieza mi sueño. Regreso, cómo no, al lugar donde conocí a mi amor y compartimos tantos momentos estupendos trabajando juntos, en un proyecto común. El edificio está en llamas y entre ellas aparece Armando y me dice: «Cariño, dame la mano, saltemos al vacio. Tú sabes volar. Enséñame amor» Nos cogemos de las manos, nos abrazamos, y empezamos a volar alejándonos de la tragedia. Soy inmensamente feliz. Despierto . . .

 

 




sábado, 10 de abril de 2021

LA FLOR DE LA CANELA

 


                                                    


 

       

Una tarde calurosa del mes de agosto, allá por los años setenta, en un antiguo piso del barrio del Rabal, sonaba una música de María Dolores Pradera, La Flor de la Canela. Dos jóvenes habían regresado de pasar la mañana en la playa y con sus cuerpos todavía encendidos y bronceados por un sol sofocante, escuchando los acordes de la guitarra y la voz melosa que cantaba,  acercaron sus labios y tímidamente se dieron un beso; luego surgió otro y a medida que la canción avanzaba, los besos fueron haciéndose más intensos con un sabor dulzón y textura de miel.

          Esteban y Cruz se habían conocido en la misma empresa donde trabajaban, una farmacéutica suiza donde por aquel entonces, la mayoría de trabajadores eran jóvenes recién salidos del colegio o la universidad. Cruz tenía diecisiete años y Esteban diecinueve. La empresa había creado un club para sus trabajadores, con diversas actividades; biblioteca, teatro, toda clase de deportes e incluso organizaba salidas, excursiones y pequeños viajes. Aquel ambiente paternalista, pero muy agradable, hizo que surgieran muchas parejas.

          ­—­¿Has visto en el tablón de anuncios el curso de submarinismo que harán este verano? —preguntó Esteban a Cruz.

          —¡Ostras, sí! Te lo quería comentar, nos podríamos apuntar. He preguntado a la secretaria del club y me ha dicho que te has de hacer socio de las piscinas Montjuic y que allí harán las pruebas, pero que no nos preocupemos porque estará subvencionado por el club. 

 

          ¡Qué recuerdos, qué tiempos aquellos! Yo era esa jovencita, recién salida del colegio de las monjas, que un buen día en las vacaciones de verano, llamó a casa Sor Anastasia para que fuera a hacer una entrevista a una empresa multinacional. Pasada la prueba, enseguida me contrataron y, cuando llegó el mes de octubre, me incorporé a la empresa en un departamento con chicas de mi misma edad y una encargada que, ¡qué casualidad!, era hermana de una de las monjas del colegio. Esto significó que mi adaptación fuese  inmediata, pues casi era más de lo mismo. Todo pecado, pecado, pecado.

          Durante los años de colegio, yo era una niña retraída, huérfana de madre, con una madrastra que pasaba olímpicamente de mí, un padre bondadoso, pero que jamás llegó a cubrir la ausencia de mi madre y, por lo tanto, yo arrastraba fuertes carencias afectivas. La educación en el colegio era autoritaria y deficiente: rezar, ir a misa, labores, historia sagrada, biografías de vírgenes mártires beatas, pocas matemáticas, ¡ah!, y lo bueno y religioso que era Franco. ¡Esto sí que era adoctrinamiento!. Por supuesto jamás se hablaba de sexo ni nada que se le pareciese. Incluso los sueños eran pecado. Unas amigas y yo, las más intimas, queríamos ser monjas y siempre íbamos con las novicias que volcaban su cariño hacia nosotras. Éramos adolescentes y yo sufría unos enamoramientos que me producían un desequilibrio emocional terrible. A los chicos no los veíamos ni en pintura, porque cuando íbamos de colonias, si salíamos de excursión, las monjas ya procuraban que ni siquiera nos cruzáramos por el camino. La piscina la utilizábamos en días alternos y en la iglesia nos sentábamos en bancos separados.

          Por todo ello, cuando ya llevaba dos años en la empresa y nos trasladamos a otro edificio, porque otra multinacional nos había comprado, yo fui la primera a quién cambiaron a un departamento donde el personal era mixto. Cuando algún compañero se me acercaba y me prodigaba alguna sonrisa o palabra amable, yo me sonrojaba, temblaba e interpretaba que me estaba tirando los tejos, si es que no me llegaba incluso a enamorar.

          Al poco tiempo entró a trabajar Esteban, dos años mayor que yo, y enseguida hicimos buenas migas y empezamos a salir juntos. Nos apuntamos al curso de submarinismo. Fue una experiencia genial. A los dos nos encantaba la playa, el mar y fue así como cada vez íbamos intimando más, aunque no siempre salíamos solos porque teníamos un grupito de compañeros con los que compartíamos salidas y otras actividades.

          Aquel verano fue maravilloso y un día al regresar de la playa, nos dimos el primer beso. Recuerdo todo lo que sentí aquella tarde, mi corazón iba a explotar.  Me encantaba su compañía, porque era como una enciclopedia en pequeño. Sabía de todo un poco y yo me quedaba embelesada escuchándolo. Tanto hablábamos de los extraterrestres y mirábamos hacía el cielo buscando algún avistamiento, como leíamos los libros de  Lobsang Rampa, y por la noche intentábamos hacer viajes astrales. Al día siguiente comentábamos en el trabajo nuestra propia experiencia. 

          Un verano nos fuimos de vacaciones a Santander, con mi amiga del cole y su pareja. Esteban aprovechó para visitar a su familia, pero venía a dormir conmigo al apartamento que habíamos alquilado. La otra pareja no salían de la habitación y se pasaban la mayor parte del tiempo haciendo el amor. Nosotros lo único que sabíamos hacer, al menos yo, era besarnos, acariciarnos, hablar, reír, fumar, (en aquella época también lo hacías en la cama) y poco más. Ninguno de los dos se atrevía a ir más allá. Yo desde luego no tenía ni idea. También es verdad que de alguna manera todavía creía que debía conservar mi virginidad hasta el matrimonio.

          En el trabajo todos nos consideraban como una pareja y algunos de esos compañeros con los que compartíamos actividades se reían y comentaban sobre mi virginidad.

          Recuerdo un día, cuando ya llevábamos bastante tiempo saliendo, que se quedó a dormir en mi casa. Mi padre se había ido con su esposa y mi hermano pequeño a la Costa Brava. Estábamos los dos en mi cama y empezamos como siempre a jugar y a besarnos. Llegó un punto en que decidí poner fin a aquella situación estúpida y le pedí que continuáramos hasta el final. Quería dejar de ser virgen. El cuerpo me lo pedía. La temperatura había subido hasta el punto que sentía que estaba a cuarenta de fiebre. «No me funciona», me dijo incorporándose un poco y estirándose a mi lado. No le di ninguna importancia y nos pusimos a dormir.

          Pocos días después nos fuimos a pasar el fin de semana a Cadaqués. Yo iba ilusionada pensando en continuar lo que habíamos empezado. Me encantaba pensar que éramos novios. Él había regresado de la mili y ya no volvió a la empresa. Durante aquel tiempo preparó oposiciones y entró a trabajar en La Caixa. Ganaba un sueldo impresionante y algunas veces hablábamos del futuro, de comprar una especie de masía con caballos. A los dos nos encantaba montar. Aquella noche cenamos en uno de esos restaurantes románticos que hay cerca del mar y después de tomarnos un par de cubalibres nos fuimos al hotel. Nos quitamos la ropa y Esteban se encendió un cigarrillo. Yo ya estaba desnuda estirada en la cama esperando que él también lo hiciera. Se le veía nervioso, dando grandes caladas al cigarrillo. No sabía cómo decírmelo. Parecía que no encontraba las palabras adecuadas. «Tengo que contarte algo importante», me dijo, poniendo cara seria. «No puedo seguir siendo tu novio como a ti te gustaría, porque a mí me gustan los hombres. Por eso te fui dando largas y te contesté con evasivas a la carta que me enviaste al cuartel pidiéndome que me comprometiera y formalizáramos nuestra relación».

          Me quedé helada y no supe qué contestarle. Solo se me ocurrió decirle que yo no podía ayudarlo, ya que no tenía ninguna experiencia. Me contó que ya desde niño le gustaban los otros niños del colegio, incluso de más mayor se excitaba con ellos. La educación del momento también le hacía abandonar esos impulsos e intentaba en vano relacionarse con chicas para reconducir su naturaleza. Aquella noche salió del armario. Poco tiempo después encontró el amor de su vida en la universidad de Bellas Artes. Ahora son una pareja estable.

          Yo cargué con mi virginidad bastantes años más y, la verdad, no sé en qué preciso momento la perdí. Quizás un verano de vacaciones por Italia, con un tipo llamado Armando. Por supuesto me enamoré y estuve colgada bastante tiempo imaginando que vendría a buscarme para casarnos.

          Luego continuaron pasando hombres por mi vida, de los que algunos de inmediato me enamoraba, aunque ellos más bien me consideraban solo como una amiga, o incluso una hermana, diciéndome al cabo de un tiempo adiós con una frase lapidaria: «Mira que eres guapa, inteligente, buena persona, pero yo ahora no puedo comprometerme».

          He llegado a creer, e incluso a preguntarme: ¿Dónde siento yo el amor? ¿Seré asexuada?