jueves, 23 de octubre de 2025

VOLANDO COMO UNA GAVIOTA




Hace ya muchos años, por estas fechas de verano, acostumbrábamos mi padre y mis hermanos a ir a los baños San Sebastián, allá en la Barceloneta. Íbamos cargados con todos los bártulos, sombrilla, toallas, cubitos y palas para hacer castillos de arena y papá siempre llevaba su cámara fotográfica para inmortalizar aquellos momentos. Tenemos fotos jugando  en el mar, yo nadaba como una sirenita, y al mediodía comiendo la paella familiar. Uno de aquellos días, después de comer, estábamos reposando estirados a la sombra y de repente aterrizó allí mismo, muy cerca de mis pies, una gaviota. Se puso a pasear delante de nosotros y papá sacó su cámara y le hizo varias fotos. La gaviota posaba con elegancia y hasta que papá no paró de tomarle toda clase de fotografías, ella no emprendió el vuelo.

          Aquella misma noche, quizás por la calentura de tomar tanto sol, soñé que volaba como la gaviota. Yo era la gaviota. Volaba rozando el mar, sintiendo su perfume salobre, viendo los pececillos en el fondo. Me sentía libre y feliz y hasta me atrevía a alzar el vuelo y llegar muy cerca del Tibidabo. Era una sensación indescriptible que me llenaba de felicidad. Pero de repente, notaba que perdía energía y necesitaba posarme sobre las calles de la ciudad. La gente que paseaba, algunos se asustaban con mi aleteo y me querían atrapar. Entonces me despertaba alterada. Aquel sueño se convirtió en recurrente y una terapeuta me interpretó su significado. Yo necesitaba volar y deshacerme de la influencia que ejercía mi padre. Pocos años después, mi padre falleció y no tuve más remedió que volar yo sola.

          El tiempo sí que vuela y ahora me siento nuevamente atrapada, luchando cada día con una solitud que me golpea. Quisiera ser aquella gaviota y volar alto, lejos, liberada, pero ya ha caído en el olvido.

 

jueves, 3 de julio de 2025

EL DIA DEL APAGON, 28 DE ABRIL DE 2025

 



                    A las doce del mediodía, nos quedamos sin luz. Todos los aparatos se fueron desconectando y, lo primero que pensé, fue que algún cortocircuito en casa hubiera desconectado el diferencial. Enseguida me di cuenta que era algo más importante, pues los vecinos iban comentando la dimensión del tema.

          Aquel día precisamente tenía visita con la doctora del CAP. En una revisión ginecológica me habían detectado algo “sospechoso” y era necesario que me visitara un urólogo. Primero dudé si funcionarían las visitas médicas, pero comí deprisa, tampoco funcionaba la televisión para ver mis series preferidas de 3CAT y me fui al CAP. Por suerte tenían generadores y la doctora me visitó con amabilidad y después de leer el informe, activó el proceso de derivación al Hospital de Mataró.

          Después me fui andando a la plaza Santa Ana para tomarme algún refresco y ver el ambiente. Intenté llamar a mi amiga Blanca, que trabaja cerca en la calle Santa Marta, pero los teléfonos no funcionaban. Unos jóvenes que estaban sentados en una mesa, cerca de mí, iban comentando que incluso había caído Internet y la dimensión que iba cogiendo el apagón. Me acabé el refresco y me fui a casa.

          Al llegar todavía era de día y me acordé que no sé dónde compré una especie de linterna redonda para en caso de accidente con el coche, servir de alarma. Tenía dos funciones y la luz era muy potente. Me sirvió genial para moverme por casa y prepararme la cena. No tuve ningún problema porque siempre ceno fruta, un poco de queso y un yogurt. Como no funcionaba la televisión me metí en la cama. Cogí el móvil como cada noche para dar las buenas noches a todos mis contactos, familia, amigos, etc. Y entonces sí que me cogió un poco de angustia, sin llegar a un ataque de ansiedad, de sentirme completamente aislada y desconectada del mundo. Estaba sola, con mi gato Nil, y si aquella noche me sucedía algo, nadie se enteraría. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero enseguida se sintieron voces seguidas de aplausos y la luz había retornado. Encendí la televisión de la habitación y como cada noche estaban dando las noticias. Vaya notición. Después me dormí plácidamente, sin pensar ni especular en todo lo que vendría después. La mente poderosa que nos puede llevar a los rincones más oscuros, produciéndonos emociones indeseables.

 

viernes, 4 de abril de 2025

LA FELICIDAD






Marión, nos puso para este sábado el reto de que escribiéramos diez razones para sentirnos felices.

Como la Felicidad es algo muy íntimo y personal, os diré que para encontrar momentos, porque la Felicidad son solo momentos, debo trasladarme al pasado, pues ahora las circunstancias que me envuelven no me dejan alcanzar esa sensación de placer indescriptible que es la Felicidad. Quizás es porque no valoro suficiente lo que soy y lo que tengo. Es cierto. Sí que tengo buenas razones para sentirme feliz, pero a medida que pasan los años y ya no tienes aquella frescura y esperanza para ilusionarte en que se vuelva a repetir todos aquellos momentos que te hicieron sentir i vibrar, caes en una especie de pozo oscuro donde te encuentras con el monstruo de la Soledad.

Qué tiempos aquellos cuando nadaba como una sirenita en las cálidas aguas del Mediterráneo, o navegaba a vela sintiendo la brisa del mar acariciando mis mejillas y escuchando el chop chop de las olas chocando contra el barco.  Y cuando galopaba por las verdes praderas imaginando que era Isadora Duncan. Todos los años que disfruté practicando esquí, deslizándome por las altas cumbres acompañada de buenos amigos con los que compartíamos divertidos y emocionantes días. Ahora todo son recuerdos.

Momentos maravillosos con tu amor, con ese príncipe azul que tantos años habías soñado y por fin el Universo te concede esos instantes. Tumbados en la playa, con un sol radiante que te broncea y su contacto te estremece y te hace vibrar de una Felicidad placentera. No hace falta irte a ningún lugar lejano porque con él lo tienes todo. Eres inmensamente feliz.

Ahora, que es tan difícil relacionarnos, porque el que más o el que menos va cargado con una mochila de circunstancias que lo volvieron paranoico y a la mínima descarga en ti toda su amargura, quizás sí, que mejor quedarte en casa con tu fiel compañero, en mi caso Nil, mi gato.

No os quiero deprimir compañeros, siempre nos queda este Café Literario para comentar buenos libros y leer nuestros relatos donde nos hemos abierto y mostrado nuestra vulnerabilidad. Como dicen valorar el aquí y ahora y procurar amarnos todos un poquito más.

martes, 28 de enero de 2025

COMO VIVISTE TU EL FRANQUISMO

 


 

                    ¿Cómo viví yo el franquismo? Para ello me tengo que remontar a mi más tierna infancia, en el colegio de las monjas. ¡Qué educación recibida, Dios mío! Para empezar solo teníamos un libro, la enciclopedia Álvarez. Allí, según las directrices marcadas por la Ley de Enseñanza Primaria, os podéis imaginar cuáles eran sus contenidos. Historia Sagrada, Geografía, todos los ríos de España aprendidos de memoria. Pocas Matemáticas, la tabla de multiplicar, Historia de España, con el maravilloso descubrimiento de América y mucha Religión. Ah! Y en las últimas páginas siempre estaba el Movimiento Nacional, la División Azul, etc. Aquí es cuando Sor María Mercedes nos hablaba de lo bondadoso que era Franco. Decía que tenía en su dormitorio una vela siempre encendida para rezar. Quizás el dictador tendría algún remordimiento de conciencia, digo yo. 

                    En el verano íbamos de colonias a un colegio de las mismas monjas paúles en la Roca. Allí cada mañana alzábamos la bandera y cantábamos “El cara al sol”. También había niños, pero jamás nos mezclábamos. En la iglesia ellos se sentaban en unos bancos y nosotras en otros. La piscina la utilizábamos días alternos y no sé si la deberían desinfectar, por si las moscas. Siempre estábamos rezando, hasta el punto de que hubo un tiempo que mis amigas más íntimas y yo, queríamos ser monjas. Fue cuando en el colegio instauraron el seminario de novicias. Eran muchachas jóvenes con vocación de servir y se volcaron con nosotras. Yo tenía muchas carencias afectivas, pues crecí sin madre y me enamoré de ellas.

                    Otro recuerdo significativo era el “Nodo”. Cuando ibas al cine, antes de la película te pasaban las noticias. Las voces relevantes de José Hernández, Matías Prats, narraban cómo Franco había inaugurado éste o aquel pantano o auditorio. Un Nodo en blanco y negro que relataba la España negra en la que vivíamos.

                    En Octubre de 1970 empecé a trabajar. Sor Anastasia, a la que toda mi vida estaré agradecida, me propuso para que fuera a hacer una prueba a una multinacional química suiza. Allí abrí los ojos, y empecé a crecer como persona en todos los sentidos. En aquella época te formabas dentro de la empresa. Todos éramos jóvenes y compartíamos muchas actividades de ocio. La empresa tenía un club para los trabajadores. Eran los últimos años de la vida del dictador y dentro de las empresas ya había un caldo de cultivo dentro del mundo sindical. Tenía compañeros que estaban afiliados al Partido Comunista y las cosas empezaban a cambiar. Llegó la transición. Pero incluso entonces tuvimos que correr muchas veces delante de los “grises” en plaza Catalunya. Tengo muchos recuerdos que podría contar, supongo que como todos nosotros. Ahora me encanta estudiar la Historia de verdad, los tiempos de la República y sus bondades que me contaba mi padre. Qué pena que mi padre también se fue muy temprano. Ahora le preguntaría tantas cosas sobre sus vivencias en la guerra civil. Entonces en las familias había los silencios. Tú eras pequeña y no te enterabas bien cuando los mayores susurraban cualquier noticia o acontecimiento. Recuerdo que cuando llegaba el 1 de Mayo los “grises” se preparaban y los veías rondar por las calles. La familias se abastecían de alimentos por lo que pudiera pasar.  

                    No deberíamos perder la memoria de todo lo que vivieron nuestros padres, abuelos y nosotros mismos y reflexionar un poco para que no se vuelva a repetir el pasado. Vivimos tiempos convulsos y confusos, pero todavía estamos a tiempo de frenar a toda esa gente que pretende repetir la Historia.

 

 


https://youtu.be/ih9ISqH9nSs?si=fPpAJXcideWAdjza

                              


lunes, 2 de diciembre de 2024

LA MUERTE





La muerte forma parte de la misma vida. Cuando nacemos es la única certeza que tenemos, un día tarde o temprano hemos de morir. La muerte siempre ha preocupado a los humanos por el misterio que conlleva. Desde que los primeros homínidos alcanzaron el conocimiento, y fueron conscientes de que sus semejantes, un trágico o fatídico día dejaban de existir, comenzaron los rituales funerarios. A lo largo de la Historia, dependiendo de las costumbres y la época, el tema de la muerte se ha tratado de diferentes maneras. Los egipcios enterraban sus muertos con todas sus pertenencias para que cuando llegaran al más allá las pudieran seguir utilizando. Griegos, romanos. También de ahí salieron las religiones, los dioses. Todo aquello que no conocemos el hombre, con su gran capacidad de imaginar y por no resignarse a que un día en polvo se convertirá, crea paraísos fantásticos para dar continuidad a su vida. La muerte también ha estado tratada por filósofos, Schopenhauer decía que cada mañana renacemos y morimos cuando nos vamos a dormir. Poetas y dramaturgos, cantantes como Serrat en su emblemática canción “Mediterráneo” nos habla de “cuando me lleve la parca”. En nuestra cultura occidental, dejando de lado la religión católica, con su cielo e infierno, la muerte es algo que no queremos mirar de cara porque nos asusta y contra mas tarde llegue mucho mejor. Hay familias que por suerte la muerte todavía no la conocen porque nadie de su entorno más cercano se ha ido. Este no ha sido mi caso. Desde muy pequeña, con solo tres años, tuve que soportar la muerte de mi madre. Se marchó sin decirme adiós. Su ausencia toda mi vida ha sido insoportable y la herida todavía sangra en mí ser. Después se fue mi abuela, tíos, y también mi padre, cuando yo todavía lo necesitaba, pues era mi maestro, mi guía. Todos se marcharon muy pronto, quizás antes de que les tocara por edad. Solo la abuela vivió ochenta y ocho años y vio enterrar a ocho de sus diez hijos. Ahora también han traspasado amigos íntimos que echo mucho a faltar. “Cuando un ser querido se va, algo se muere en el alma…” Hay que pasar el duelo. Nunca los olvidaremos y siempre vivirán en nuestro corazón. Qué queréis que os cuente sobre la muerte, esa señora vestida de negro que por las noches te acaricia con su velo. Hay tantas teorías sobre ella. Hoy día la ciencia está estudiando si realmente hay vida después de la muerte, como todas las religiones y filosofías han descrito. Somos energía y ya sabemos que ni se crea ni se destruye. Somos consciencia. Formamos parte de una Consciencia superior. Cada cual con sus creencias. De una forma u otra aprovechemos y disfrutemos el aquí y ahora. Vivamos cada instante con Amor y armonía. Observemos la magia de la Naturaleza que nos habla. Demos gracias al Universo por lo que somos. Roser 


 

lunes, 8 de julio de 2024

LA BAILARINA CONTROVERTIDA

 



Esta noche no he podido dormir, he dado muchas vueltas en la cama y un mal presentimiento me acechaba. Al alba, he escuchado fuertes pasos de botas de soldados. Me venían a buscar. Ha llegado la hora. La Hermana María, con mucha cautela, ha entrado en la celda y me ha despertado. —Cariño, están aquí, vístete.  —Por favor hermana, ayúdeme a peinarme. No quiero que me vean así. Mi preciosa melena color negro azabache. Cuántos hombres todavía pagarían por acariciarla.

          Ahora, aquí, delante del pelotón de fusilamiento, me van a ajusticiar. En un instante, mientras los soldados preparan sus armas, el tiempo se para y como fotogramas de una película, recuerdo toda mi vida.

          Me llamo Margaretha Geertruida Zelle, nací en una familia acomodada neerlandesa en 1876. Los primeros años de mi infancia fueron muy felices. Era dicharachera y pronto aprendí a hablar en diferentes idiomas. Mi padre me paseaba cogida de la mano, por las calles del norte de Holanda, muy orgulloso. No era una niña guapa, pero sí destacaba mi pelo negro y tez morena, en medio de tantos rubios de piel blanca. Decían que era exótica y que quizás mi origen venía de las colonias orientales.

          Pero como sabes, estimado lector, la felicidad dura muy poco, y la mía se vio truncada cuando mi padre huyó con otra mujer en 1889. Nunca pude comprender, que si yo era la niña de sus ojos y siempre me colmaba de regalos caros, nos pudiera abandonar. Mamá no lo pudo superar y al cabo de dos años falleció.

          A los 14 años entré en una escuela para formarme como maestra de guardería. Por aquel entonces, mi actividad sexual ya era muy importante y seduje a un hombre casado de 51 años, nada menos que el director. Solo habían transcurrido dos años y me expulsaron. Entonces me fui a vivir con mi padrino a La Haya, una ciudad llena de oficiales de las colonias que regresaban de su servicio en las Indias Orientales Holandesas.

          Un día, después de tener diversas aventuras desafortunadas, hastiada, desesperada y triste, contesté el anuncio insertado en el periódico del capitán Rudolf MacLeod: “Busco una muchacha de talante agradable que quiera convertirse en mi esposa y esté dispuesta a seguirme allá donde mi trabajo me lleve”. Enseguida pensé que los oficiales de las Indias Orientales vivían en mansiones enormes y que este hombre me podría dar una vida mejor. Estuvimos carteándonos muy poco tiempo y, aunque Rudolf era veinte años mayor que yo, nos casamos en Amsterdam el 11 de julio de 1895 cuando todavía no había cumplido los diecinueve.

          Yo quería vivir como una mariposa al sol, dije en alguna entrevista, pero como te he comentado antes, la felicidad dura muy poco. Enseguida descubrí que mi marido estaba lleno de deudas, era adúltero y bebía mucho alcohol.

          En 1897 nos trasladamos a la isla de Java, con nuestro bebé Norman John y en el buque que nos transportaba, descubrí que me había contagiado de sífilis. Enfermedad que hacía estragos entre los militares de las Colonias Orientales y de muy difícil tratamiento. En 1898 nació nuestra niña Louise Jeanne. Nuestro matrimonio se había ido deteriorando a marchas forzadas y cada vez estábamos más lejos uno del otro. El me trajo a casa una concubina que la hizo pasar por la asistenta doméstica.

          Un día sucedió algo terrible, que sería el principio de que todo cambiara. Un soldado nativo, resentido por el maltrato que recibía de mi marido, conchabado con la asistenta, entró por la noche en los aposentos de los niños, y les proporcionó una sustancia venenosa. Mi pobre Norman falleció con una espantosa muerte. Louise se salvó gracias a que yo todavía le daba el pecho. Yo quedé desolada. ¿Te puedes imaginar el sufrimiento de una madre, perdiendo a su primogénito con una muerte tan espantosa? Mi marido buscó amparo incrementando la toma de bebida. Yo cubrí mi soledad interesándome por la cultura javanesa, en especial con las danzas folclóricas balinesas y las técnicas amatorias orientales, que me proporcionaron años más tarde fama como cortesana de lujo.

          Regresamos a Europa y en 1906 nos divorciamos definitivamente en Holanda. En principio yo tuve la custodia de mi hija, pero poco tiempo después Rudolf presentó un alegato haciendo constar mi libertina vida en la isla. Jamás me pasó una pensión alimenticia y me tuve que espabilar para sobrevivir. Alguien dijo que una mujer se hace fuerte a copia de sufrimiento.

          Me trasladé a Paris y posé desnuda para varios pintores. Mis ingresos eran muy bajos y tuve que empoderarme. Aprovechando la literatura romántica del siglo XIX sobre la cultura oriental, utilizando mis conocimientos de danza y con mi aspecto físico exótico, cree el personaje de Mata Hari, supuesta princesa de Java que significa en malayo “El Ojo del dia”. Actué en el Museo  Guimet propiedad del coleccionista Émile Étienne Guimet. Aquí empezó mi fama haciendo de bailarina exótica y con velos traslúcidos que dejaban ver mi cuerpo. También hacía strip tease. Las localidades quedaban agotadas de inmediato. Te puedes imaginar cómo encandilaba a los hombres con mis movimientos exuberantes y no te voy a negar que me convertí en una cortesana de lujo. Tuve muchos amantes de todas clases sociales y entretanto, estalló la Guerra Mundial. Como Holanda se declaró neutral yo podía transitar de un lugar a otro sin ningún problema. Me acusaron de ser una espía de ambos bandos y ya sabes que cuando un hombre está relajado en brazos de una cortesana, le confiesa todo aquello que necesita liberar de su mente.

          Se ha escrito mucha literatura sobre mí, pero la verdad es que soy inocente. Se me hizo un juicio bastante dudoso y poco claro, que puedes comprobar en los libros de historia. Sólo soy una pobre mujer que después de una infancia feliz, tuvo que hacer de todo para sobrevivir.

          Ahora solo me acuerdo de mi hija, que el depravado de mi marido no me dejó jamás volver a ver. Muero en paz.

 

          Este relato de ficción está basado en hechos reales.

 

Roser Lorite





lunes, 3 de junio de 2024

YO SOY LA MADRASTRA


 

Sí, yo soy la madrastra, pero cuando lean mis circunstancias, podrán sacar conclusiones. Yo donde estoy ahora lo veo todo con claridad.

Nací en los años veinte, en una familia humilde, más bien pobre, en el barrio de la Sagrera. Yo era la tercera de cinco hermanos y como pueden suponer, me tuve que ocupar de los pequeños, además de ayudar a mi madre en cualquier tarea que a ella se le ocurriera. Con seis años ya acompañaba a mi madre a limpiar la casa de unos señores burgueses, que vivían en la zona alta de Barcelona, por allá San Gervasio. Creo que eran industriales de una fábrica textil, Fabra y Coats, en el barrio de Sant Andreu, donde de más mayor trabajé un tiempo enhebrando las máquinas de hilar. Aprovechaban nuestros pequeños deditos para introducir el hilo por el estrecho orificio de la aguja.

Nunca fui a la escuela y por tanto nunca he sabido ni leer ni escribir. Tampoco mi madre me enseñó nunca a hacer una caricia o dar un beso, porque era una mujer tirando a huraña, o quizás no tenía tiempo y desde luego, todo aquello que no ves a tus mayores o no te enseñan de pequeño, rara vez tú podrás luego realizarlo.

Y como ya saben, en el treinta y seis estalló la guerra civil y mis recuerdos son de pasar mucha hambre y muchísimo miedo. Mi hermana pequeña y yo dormíamos en la misma cama y había noches que sonaban tantas veces las sirenas, anunciando los aviones italianos y alemanes que venían a lanzar sus bombas, que ya no teníamos ganas de bajar al refugio y nos escondíamos debajo de la cama sin importarnos que aquella fuera nuestra última noche.

Los últimos meses de la guerra ya no quedaba nada para comer y los rumores decían que en la estación de Francia había trenes cargados de comida. Allí nos íbamos corriendo, pero la mayoría de las veces volvíamos con las manos vacías o en el mejor caso, con algún saco de avellanas.

Pasaron los años, y como toda mujer, el objetivo era conocer un buen partido para casarse, un hombre que te mantuviera y tú dedicarte a lo que las mujeres de la época se dedicaban, las tareas del hogar. En eso mi hermana, aunque era tres años menor que yo, siempre fue muy espabilada y se lo sabía montar. Ella me instruía en cómo debía camelarme a un hombre, para sin que se diera cuenta, quedara atrapado.

Y así sucedió, que en la fábrica donde ya empecé a tejer conocí a Pere. Enseguida nos gustamos y cuando sonaba la sirena para hacer una parada para desayunar, nos encontrábamos en la cantina y quedábamos para ir al cine o a bailar. En verano íbamos a la playa, le gustaba mucho nadar. Y allí en la Barceloneta, nos dimos los primeros besos y caricias. Estuvimos festejando dos años y ya hacíamos planes para algún día casarnos. De hecho ya lo había llevado a casa y lo conocía toda mi familia.

Pero el destino es cruel, y un desafortunado día, él estaba limpiando y engrasando unas maquinas y algo funesto se descolgó y quedó atrapado entre hierros pesados que le fracturaron la columna. Sonaron todas las alarmas y lo llevaron de inmediato al Hospital Clínico. Estuvo ingresado muchos meses. Pudieron salvarle la vida, pero no sus piernas. Quedó parapléjico en una silla de ruedas. Yo al principio iba a verlo muchos días al salir de la fábrica, pero a medida que iba pasando el tiempo y supimos cómo había quedado, mi madre emitió una sentencia. ¿Qué harás con un inválido? Lloré mucho y me desesperé. Lo fui a ver una última vez ya en su casa y él mismo, presintiendo mis dudas y remordimientos, me dijo que me olvidara de él.

Transcurrió el tiempo, y aunque se me habían quitado las ganas de frecuentar con hombres, ya saben, marinos norteamericanos en el bar Cosmos, abajo en las Ramblas, una tarde de domingo mi hermana me animó para que la acompañara a bailar a Piscinas y Deportes.

Y cuando llevaba un buen rato observando a las parejas como bailaban bien agarraditas, escuché una voz melodiosa que me pedía para bailar. Me miró a los ojos y yo le extendí mi mano. Olía a colonia Varón Dandy. Vestía impecable, un traje gris merengo. Sus modales eran de un auténtico caballero. Enseguida intimamos. Cuando lo vio mi hermana, me dijo que no me lo dejara escapar.

A los pocos días de salir, me confesó varios temas importantes. Era joyero,  viudo, tenía tres hijas, la mayor de 18, la mediana de 7 y la pequeña de 4. Vivían todos con la suegra en un piso por Plaza de España. También me dijo que estaba saliendo con una chica de Vallfugona, pero que su relación no acababa de funcionar. Aunque todas estas noticias me echaron para atrás, continuamos frecuentando la cama. Era un amante excelente.

Yo me lo pasaba genial con él, pero sin ninguna perspectiva de futuro. No tenía seguro si alternaba con la otra y tampoco me emocionaba el panorama que me había descrito. Para ser sincera, jamás me han gustado los niños. Ya tuve suficiente con mis hermanitos.

Pasaron los meses y un buen día me di cuenta de que no me bajaba el periodo. Yo ya tenía unos añitos, pero no tenía la seguridad de que todavía fuera fértil. Pedí hora al médico y me confirmó que estaba embarazada. Lo comenté en casa y mi hermana se puso a aplaudir. Mi madre organizó una comida familiar y lo invitamos con el fin de comunicarle la noticia. Estábamos todos, mis hermanos mayores también. El pobre se quedó helado. Pero antes de que se marchara, nos dijo que cumpliría con sus obligaciones y que no me iba a dejar sola.

Y una tarde de domingo, me llevó a su casa y me presentó a toda su familia. También vinieron sus amigos íntimos que vivían enfrente. El piso era más pequeño de lo que yo había imaginado. Además una habitación la ocupaba su taller de joyería dónde él y sus operarios elaboraban unas hermosas piezas de oro. El recibimiento, sin ser hostil, no fue como para tirar cohetes. Se oían rumores por todas partes y las niñas me miraban como un bicho extraño. La anciana, me dijo que me lo pensara bien antes de dar el paso. Pero ¿qué otra alternativa tenía?

A los pocos meses nos casamos en la parroquia de mi barrio. Estuve arropada por toda mi familia. Algo sucedió en medio de la ceremonia. Se escuchó un chirrido y la pesada puerta de la iglesia se abrió y entró una muchacha. Los rumores comenzaron cuando todo el mundo se giró para ver quien entraba. Era la ex novia de Vallfugona, que venía a cerciorarse de que ya no había vuelta atrás. Pobrecilla, estaba enamorada.

Nos fuimos un par de días a la Costa Brava, como viaje de novios, y a la vuelta ya me instalé en su casa con lo puesto. Tuvieron la delicadeza de sacar el cuadro enorme de la fotografía de su anterior y amada esposa, que coronaba la cama de matrimonio, y lo colgaron en la habitación donde dormían las niñas. Por supuesto, la suegra marchó a vivir a casa de su otra hija en la calle Hospital.

Y llegó el lunes y me tuve que integrar en la familia. La hija mayor continúo ocupándose de sus hermanas y yo de ir a hacer la compra y cocinar. Enseguida me di cuenta que todo aquello me venía grande. Llegó la hora de comer y mi marido salió de su taller de joyería y se sentó a la mesa. Las niñas pequeñas ya estaban con sus batitas azules, preparadas para ir al colegio y se despidieron de su padre dándole un beso. A mí ni me miraron. Su padre las paró y les dijo: —Nenas darle un beso a María, que a partir de ahora será vuestra madre. Yo sin pensarlo ni un momento, agobiada como estaba, sintiendo las patadas en mi vientre del hijo que esperaba, solté: —Yo plato de segunda mesa no soy, y que quede claro que estas no son mis hijas y nunca lo serán. Un silencio sepulcral reinó en la estancia.

A los pocos meses nació mi hijo. Un varón precioso que llenó de gozo a mi marido, pues sólo había tenido niñas y siempre lo había deseado. Para acallar las malas lenguas, además era clavado a él. Yo no podía con todo, ni mucho menos. La mayor se puso a trabajar de dependienta en una joyería donde conocería a su futuro marido. Vino entonces a ayudarme una vecina de la escalera que ya en vida de la antigua mujer, entraba a hacer las tareas más pesadas de la casa, limpiar, hacer lavadoras, etc.

Tengo que reconocer que todas se volcaron en darme apoyo, pues el niño era un encanto. Los niños son inocentes y se relacionaba con sus hermanas de maravilla. Fui yo que lo quise educar como mi madre había hecho conmigo, con las mismas manías y prejuicios. Esto generaba discusiones, burlas y risas por parte del resto de la familia. Yo no daba al abasto con todo y tal como dije aquel desafortunado primer día, separé la familia “tus hijas y mi hijo”. Ahora soy consciente que nunca acompañé a ninguna a comprarse un vestido o a llevarlas al médico. Para eso ya estaba la hermana mayor e incluso su padre tal y como habían hecho desde que falleció la madre.

Nuestra relación de pareja también se fue enfriando porque yo jamás estuve a la altura. Mi marido era un intelectual, un artista nato. ¿Qué conversaciones podíamos tener? ¿De qué temas podíamos hablar? Yo ni siquiera sabía leer ni escribir. Tampoco tuve la intención de aprender, ni cuando mi hijo empezó a ir al colegio. A él también lo avergonzaba y cuando yo metía la pata en preguntas como qué era más grande, Paris o Francia. Se reía y decía, mi madre es algo campesina.

Transcurrieron los años, la mayor se casó y marchó de casa, las otras encontraron trabajo y hacían su vida, y mi marido se dedicó a sus múltiples hobbies, poesía, fotografía, y por supuesto su oficio de joyero, que ahora ya no lo hacía en la habitación del taller, porque una empresa lo contrató a él y a sus operarios. Aquella casa se convirtió en una especie de pensión, donde la gente solo venía a comer y dormir. Mi marido continúo teniendo relación con toda la familia de la madre de las niñas, pero a medida que yo les abría la puerta con el delantal puesto y cara de póker, dejaron de venir. Y es que era mi carácter, no lo hacía con malicia. Me estaba volviendo como mi madre.

Ahora sé que todo está escrito y una tarde calurosa del mes de Julio, mi marido se levantó de la cama de hacer la siesta, como era su costumbre, y se marchó a comprarse unas zapatillas. Al día siguiente nos íbamos todos a una excursión, organizada por el club de la empresa donde trabajaba la mediana. Yo estaba en la galería tendiendo una lavadora y sentí primero que introducía la llave en la cerradura y a continuación un golpe seco y un susurro. Corrí al recibidor y encontré a mi marido estirado en el suelo con la frente sangrando. Solo pude escuchar un susurro que no entendí. Falleció en el instante. Salí corriendo a pedir auxilio a los vecinos y en ese momento, llegaba mi hijo del instituto y vio a su padre allí muerto. El mundo se me vino abajo.

A pesar de que las hijas se ocuparon de solucionar todo el papeleo, yo tenía un miedo terrible de cómo íbamos a vivir. Cobré una suma importante del seguro de la casa, por accidente en el hogar, dinero que duró poco porque mi hermana, que estaba acostumbrada a venir a casa y pedirle dinero a mi marido, ya se encargó de sonsacarme una buena suma. Además me dejó bien claro, que a partir de ese momento, yo era la dueña de todo y así se lo tenía que transmitir a las chicas. Un día, cuando ellas estaban trabajando, vino y empezó a revolver los cajones del taller. Encontramos todas las joyas de la familia y ella se encargó de venderlas y o empeñarlas.

Este hecho fue el detonante para que las muchachas buscaran un piso y se fueran de casa. Yo me quedé sola con mi hijo, y entre la educación que le di y el trauma que le causaría la muerte de su padre, jamás se puso a trabajar y vivió conmigo, hasta que yo también ya anciana, marché a este espacio atemporal donde nos une la consciencia y puedes reflexionar de todos los hechos de tu vida. Mi marido y su amada esposa están en un plano superior para almas más evolucionadas.

 



martes, 19 de marzo de 2024

EL DESPERTAR

 





Fa temps que estic atrapada en la foscor. Tinc la sensació que visc en una mena de bombolla de cristall, inclòs un bonic jardí, que no valoro. M’he fet gran, han passat els anys volant i ja no tinc aquella energia que em feia sortir del forat i m’anava a navegar sobre el mar, sentin el vent a la cara, o pujava les muntanyes plenes de neu per llençar-me amb velocitat per les pistes d’esquí. Viatges arreu que m’omplien de plaer. Altres paisatges, altres cultures que trencaven la monotonia del dia a dia. A les hores tot era esperança.

Sempre en busca de l’amor perdut i sempre patint l’abandonament. Un destí maleït que m’ha negat tot allò que desitjava i em feia feliç. Ja no em queden llàgrimes de tant plorar.    Ja no tinc ni ganes de sortir al carrer, on cada dia veus mes injustícia i dolor. Una societat individualista e inhumana que ens aboca a la més horrible solitud. On són aquells amics aixopluc de les teves misèries i mancances?. No hi ha Humanitat.

M’he deixat tant, que m’han crescut unes ungles ben llargues i punxegudes. I com la realitat no existeix, més allà del que crea el nostre cervell, he decidit anar rascant cada dia amb l’ungla més llarga, aquest vidre que m’empresona. A mida que ho faig, vaig veient la llum, una llum poderosa que en realitat surt del meu interior i em connecta amb l’AMOR mes gran.

Ara per fi em sento com aquell peix que després de donar voltes infinites sobre sí mateix, s’apodera, agafa embranzida, i surt volant de la peixera confortable a un nou Despertar.




 


viernes, 3 de noviembre de 2023

DESTELLOS DE RUBIES

 

                                                        



Un sonido extraño hizo que despertara. Al abrir los ojos, contemplé una sorprendente imagen que me dejó impresionada. Una especie de pirámides invertidas descendían lentamente, a veces se quedaban unos segundos suspendidas y luego continuaban el camino hasta desaparecer en el fondo del acantilado. Sonaban como una dulce melodía, mientras emitían unos destellos de color rojo que me deslumbraban.

            Recordé de inmediato, cuando de niña, regresaba del colegio y entraba a darle un beso a papá en su taller de joyería. Siempre estaba con alguna joya entre las manos, limándola,  fundiendo oro y moldeándolo para confeccionar la pieza. Un día tenía unas piedrecitas que reflectaban la luz emitiendo destellos de color rojo. — ¿Cómo se llaman estas piedrecitas papá?—le pregunté entusiasmada.

            —Son rubíes cariño, —me contestó muy orgulloso.

            Me estremecí y se llenaron de lágrimas mis ojos. Sin embargo, una potente energía recorría todo mi cuerpo. La imagen había desaparecido. La noche era negra y oscura. Los últimos acontecimientos te golpeaban cada día en las noticias. Guerras y más guerras, hambre y desigualdades. Individualismo atroz y soledad. Tragedias por el cambio climático. La Humanidad estaba perdida y el mal campaba a sus anchas sin que nadie pudiera evitar un final próximo.

            Volví a mirar al cielo y aparecieron de nuevo las pirámides con destellos de rubíes. Seres bondadosos evolucionados, llegaban desde lejanas galaxias a irradiarnos, con la energía más potente que podría salvar el planeta: EL AMOR

El día en que su vida sufrió el cambio no había sido anunciado en ningún aspecto. Muchas más personas tuvieron la misma visita y así todo se fue solucionando.





miércoles, 11 de octubre de 2023

LAS EMOCIONES DE LOS ANCESTROS

 




Muchos años después, frente al mar, con la mirada fija en un velero que se deslizaba sobre las aguas calmas, la mujer hubo de recordar la historia que le contara su abuela en su niñez más temprana. Aquellas tardes inolvidables en espacios atemporales, cuando la anciana rememoraba su juventud en tierras lejanas. Quizás entre nostalgia y resentimiento le hablaba de su abuelo, el marinero, ese que ella jamás conoció y que cada vez que tocaba puerto, allá en la olvidada Cartagena, la dejaba preñada de un nuevo hijo. Hasta diez parió y pocos de ellos sobrevivieron. Incluida su madre, que años más tarde, también tuvo que marchar a ese lugar sin retorno, que por mucho que llores y supliques, nadie vuelve. Mamá nos dejó huérfanas, al cuidado de la abuela, a mí y a mis hermanas. Vida y muerte, nacer y morir. Una constante en esta familia. Familia de mujeres que, nosotras, las últimas, ya no hemos pasado por este trance. Engendrar, parir y luego morir. Mujeres solteras, sin descendencia. Algo que me atormenta. Algo que me ensombrece el alma.

De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro de la playa, levantó toda la hojarasca y con ella se llevó los recuerdos de unas vidas imaginadas, las de los ancestros, aquellos que no conocimos, pero que sus emociones quedaron  impresas en la memoria por generaciones.

Un griterío se escuchó en la lejanía y, a medida que el viento amainaba, un grupo de niños se acercaron donde ella reposaba. Los niños, me gustan los niños. Los miró con ternura. ¿Por qué en mi familia no nacen niños?  Volvió a entristecerse. A todo eso, ya había anochecido. Miró a la luna y el barco ya no estaba. Se imaginó entonces navegando con un viento favorable, surcando mares y tierras lejanas, dejando atrás las tinieblas, saliendo de la oscuridad.


            





viernes, 29 de septiembre de 2023

REFLEXIONES AL ATARDECER

 

 



            Ya sé que te has pasado las tardes de verano estirada en la cama, observando a través de la ventana como el sol se escondía tras las nubes, allá en el ocaso. Ensimismada en tus recuerdos, momentos que ya no volverán, pero que sí los viviste, y eso es lo que has de valorar. No dejes que la tristeza y la nostalgia te abatan. Olvida las personas que marcharon. Piensa que quizás no te merecen. Otras personas vendrán y nuevas experiencias te aportarán. De eso se trata la vida.

Odias los meses sofocantes de Agosto, con temperaturas elevadas que te quitan incluso el ansia de bajar a la playa a darte un chapuzón. Este verano has aprendido la palabra de moda, “Procrastinación”. Pero lo cierto es que llevas bastante tiempo sin ganas de hacer nada. Te lo tendrías que hacer mirar. No será por terapeutas, que hoy día abundan y puedes encontrarlos online.

Te conozco, sé que la soledad te aplasta, te desmotiva. Pero si tú tienes un gran potencial. Solo necesitas volver a conectarte con la creatividad. Tú puedes. ¡Hazlo! Vuelve a viajar.

Llegó Setiembre, y me apunté a un circuito por Portugal. Hacía años que quería visitar el país. Encontré por fin a una amiga, que conocí hace años en otro viaje a Formentera y le gustó la idea. Hoy día es altamente complicado encontrar personas que quieran compartir contigo un viaje. Hay muchos aspectos que nos separan; económicos, ritmos diferentes, estado físico, gustos, y un sinfín de etcs. Nos hemos hecho mayores. Cuando eres joven todo es maravilloso. Tienes amigos con los que compartes las mismas aficiones y cuando has de viajar, lo que menos importa es el lugar donde vas a visitar. Todo es tolerancia y buen rollo.

Acabo de regresar del viaje y estos pocos días, pero muy intensos, que ha durado, me han hecho reflexionar. Sin entrar en detalles os diré que Portugal es maravilloso, me ha gustado mucho todo lo que hemos visitado, Lisboa, Oporto, Coímbra, Fátima, Nazaret, Sintra … Lo importante es que me parece que estoy saliendo de la procrastinación.

También me ha servido para valorar todo lo que tengo y lo que soy. Simplemente observando a tu alrededor, las circunstancias de cada persona para comprender sus extraños comportamientos, sus manías, sus paranoias. ¿De qué me puedo quejar?

Y como broche final, para dar gracias al Universo, está haciendo un tiempo estupendo y cada día bajo un par de horas a la playa y me sumerjo en unas aguas cristalinas y nado como una sirena, como siempre recuerdo. Gracias.  

 


domingo, 28 de mayo de 2023

VOLANDO ENTRE SUEÑOS

                                      


Cuando era jovencita, soñaba muchas veces que volaba. Me veía feliz, agitando mis brazos entre las nubes. Volaba a una altura considerable, y atravesaba ríos y montañas. Me sentía libre, y gozaba del maravilloso paisaje que transitaba debajo de mí. De repente, sentía que iba perdiendo altura y me acercaba a alguna población. La gente miraba hacia el cielo y querían atraparme. En algunas ocasiones, lograban cogerme. En ese momento me despertaba. El sueño era recurrente.

 

          Por aquel entonces, yo vivía todavía con mi padre y la madrastra. La convivencia era insoportable. Yo tenía ganas de huir. Añoraba a mi madre que casi no la conocí, pues marchó a ese lugar sin retorno, cuando yo sólo tenía tres años. Siempre he sido una niña especial, llena de carencias.

 

          Cursé los estudios primarios y Comercio, en un colegio de monjas, y tuve la gran suerte de, al cumplir los quince años, entrar a trabajar en una multinacional química. Aquello me cambió la vida por completo. Eran los años 70.  Allí mismo nos formábamos profesionalmente y crecíamos como personas. Algo impensable hoy día. Cada mañana doy gracias al Universo, por haber tenido tanta suerte. Siempre he estado en el momento oportuno, en el lugar adecuado. Me refiero, para ir promocionando.

 

          Fueron transcurriendo los años, y la empresa se movía. Fusiones, separaciones, cambios de domicilio. Los tiempos cambiaban rápidamente. Yo con mi afán de crecer y adquirir cada vez más conocimientos, me presentaba muchas veces voluntaria, para según qué nuevos proyectos que la empresa ofrecía. Por supuesto, continuábamos formándonos dentro de la propia empresa, haciendo cursos relacionados con el trabajo que en cada momento desempeñábamos y actualizándonos con las nuevas tecnologías. Entre ellos estaban también los idiomas. Había un presupuesto generoso para estos fines.

 

          El Setiembre del 93, me fui a estudiar inglés a Nueva York, con los fondos que el jefe firmó para mí. Fue una experiencia inolvidable. Por las mañanas, de 9 a 12, estudiaba en la academia Bertliz, en Rockefeller center. La misma escuela me había facilitado un alojamiento, con desayuno incluido, en casa de una viuda que tenía dos amantes y vivía en la calle Park Avenue, con la 98, cerca de Harlem hispano. Cuando salía de la escuela me dedicaba a hacer turismo. Allí conocí a una chica alemana, de Stuttgart, y nos hicimos muy buenas amigas. Nos recorrimos todo Manhattan. Siempre íbamos juntas a todas partes. Entonces andábamos ligeras y nos gustaba patearnos las calles. Cuando nos cansábamos, cogíamos el metro y bajábamos al Trade Center, y nos quedábamos a las fiestas nocturnas que se organizaban en el Sea Port. Nueva York era sorprendente y al mismo tiempo familiar. ¿Cuántas películas habíamos visto de Hollywood que no saliera la maravillosa ciudad llena de rascacielos?. Muchas de Woody Allen. ¿Quién no recuerda “Hannah y sus hermanas” y otras más?. En aquellos momentos todo era novedoso para mí.

 

          La señora de la casa nos preparaba suculentos desayunos americanos; con sus huevos, beicon, tostadas, etc. Los jueves nos avisaba, y casi nos suplicaba, que no regresáramos pronto por la tarde, porque le venía su amante canadiense. Ese día, cuando recogía el servicio del desayuno, ya dejaba preparada la mesa del comedor con mantelería nueva y copas de vino de cristal. Su amigo habitual era el conserje del edificio, pero el hombre del cual ella estaba realmente enamorada era el señor que cada jueves venía a trabajar al Metropolitan Museum. Después disfrutaban de unas maravillosas veladas nocturnas.

 

          Cuando finalizó el mes, tanto mi amiga Anne, como yo, regresamos a nuestros respectivos países y trabajos. La vida a veces te da sorpresas, y mira por dónde, que al cabo de unos años, mi empresa que era suiza, se fusionó con una alemana. Y mira qué casualidad que era donde trabajaba mi amiga. Entonces ya no sólo éramos amigas, sino también compañeras de trabajo en diferentes sites.

 

          Al poco tiempo, ella vino a España a controlar unos flujos de trabajo en el departamento de Logística. Por aquellos tiempos, yo tenía un grupo de amigos con los que salía por las noches y los fines de semana. Enseguida la introduje en el ambiente, y así nos hicimos todavía más amigas. Le enseñamos toda Barcelona y al llegar el buen tiempo, disfrutábamos de las playas de todo el litoral. Cuando ella regresó a Stuttgart, pasados unos meses, cogí unos días de vacaciones y la fui a visitar. Recuerdo un viaje en autocar que se me hizo pesadísimo. Todos los otros viajes que se sucedieron, por supuesto los hice en avión. Ella me acogía en su casa, un apartamento precioso con jardín, en el barrio de Filderstadt. Allí se relacionan mucho los vecinos de la comunidad y siempre preparaban cenas, eso sí, a las seis de la tarde como es su costumbre.

          La fusión con los alemanes, para mí fue muy beneficiosa, porque cuando suceden estos hechos se reestructuran los departamentos y se reparte el personal de ambas empresas. No es una tarea fácil, a pesar de que vienen empresas externas de consultores que ayudan a esta labor. En aquellos momentos los derechos de los trabajadores eran sagrados y no se despedía a nadie, como no fuera alguna jubilación anticipada. Mi departamento concretamente era Cuentas Corrientes Clientes. Yo me ocupaba de los clientes de exportación y una de las tareas era el pago de comisiones de las ventas a terceros. Era un trabajo confidencial que mi larga experiencia me hacia desarrollarlo con total seguridad. Y entonces sucedió aquello de estar en el lugar oportuno, en el momento adecuado. Ya llevábamos un par de años fusionados, con lo cual, cada uno estaba más o menos cómodo en su nuevo puesto de trabajo y ya habíamos asimilado los roles que nos competían. Las oficinas estaban en la Vía Augusta con Ganduxer, y allí mismo teníamos una salida de los ferrocarriles catalanes. Algunas veces, incluso bajaba andando a casa después del trabajo. Yo vivía cerca de Plaza de España.

          Una mañana, solo llegar al trabajo me llamó la secretaria de la directora para que fuera a verla a su despacho. Me puse un poco nerviosa, pues era una señora amable pero muy estricta y no se iba con rodeos.

          —Toma asiento Susana, —me dijo señalándome un pequeño sillón azul que tenía para las visitas. —El Ceo de Suiza me acaba de llamar para comentarme un asunto que quizás te puede interesar.

          Yo puse cara expectante y cada vez me iba poniendo más nerviosa.

          —Aunque todavía es confidencial, me ha dicho que van a abrir una sucursal en Nueva York y entre los asuntos que se llevarán allí, quieren centralizar el pago de las comisiones. Como ya te conocen, porque esta tarea la llevas tú personalmente, me han pedido que te informe de, si te interesaría ir durante un tiempo a Nueva York, para organizarlo todo junto con otros empleados, que también viajarán de otros países.

          «¡Wuala!, pensé. Es lo que yo estaba deseando. Un cambio, volver a Nueva York y esta vez a trabajar»

          —¿Qué me dices?

          Inmediatamente contesté que sí.

          —Pues no se hable más. Cuando tenga todos los detalles ya te los iré comunicando. De momento no digas nada a tus compañeros. Sólo lo sabe tu jefe inmediato, Joan.

          Aquella noche no pude dormir de la alegría. Necesitaba un cambio ya. Emocionalmente estaba destrozada. Una vez más me habían engañado y roto el corazón. Los maravillosos amigos para salir se fueron desanimando y ya casi no había hombres en el grupo. Sólo quedábamos las amigas y algunas también encontraron novio y dejaron de venir. Me estaba quedando más sola que la una, y por otra parte se me iba pasado el arroz. Un día contesté un anuncio y conocí a un tío, que en un principio su aspecto físico no me convenció, pero le quise dar una oportunidad. Iniciamos una relación, por mi parte más de sexo que de otra cosa, pero él resultó ser un vividor y un maltratador. Suerte que al final, ayudada por la familia y amigas, me lo conseguí sacar de encima. Su único propósito era instalarse en mi casa y que yo lo mantuviera. Por eso que el cambio me iría genial para olvidarme de todo y pasar página.

          En Enero del año 2000, recién pasadas las Navidades, viajé a Nueva York y me reincorporé a mi nuevo puesto de trabajo. La oficina estaba nada más y nada menos que en uno de los edificios de las torres gemelas, en el Trade Center. El primer día nos hicieron una fiesta de bienvenida los jefes que vinieron de Suiza y Alemania, y nos presentaron a todos los compañeros que venían de otros países. Entre copa y copa me fijé en un chico de tez bronceada que me estaba observando, y cuando se cruzaron nuestras miradas, vino enseguida a saludarme.

          —Ciao, bella, sono Armando, de la filial en Italia.

          El corazón me dio un vuelco, porque hace muchos años, en un viaje que hicimos con una amiga por toda Italia, también me enamoré de un Armando. Aquel romance duró poco más de lo que duraron las vacaciones y yo, como siempre, me quedé un tiempo tocada.

          Como no sabíamos el tiempo que íbamos a estar, hasta que no organizáramos y centralizáramos el trabajo del pago de comisiones, la propia empresa me facilitó un apartamento que compartía con varias compañeras.

          Yo continuaba relacionándome con mi amiga Anne de Stturgart y la iba poniendo al día de mis progresos con Armando. Aquello fue un flechazo a primera vista. Siempre me han gustado los italianos. Tan limpios y aseados, tan simpáticos y este Armando era maravilloso. Me contaba que su familia vivía en la Toscana, y su padre tenía viñas y elaboraba un vino tinto de calidad. Algún día me llevaría a conocerlos. Al terminar la jornada laboral nos íbamos a cenar a cualquier restaurante del Little Italy y allí estábamos hasta altas horas de la noche. Al final cogimos entre los dos un pequeño apartamento en Brooklyn. Jamás he sido tan feliz en mi vida como aquellos maravillosos momentos que viví con él. Reíamos mucho, hacíamos planes de futuro y sobre todo, nos amábamos con ternura y pasión. Algunas veces, los sábados por la mañana, nos íbamos a pasear por Central Park y un día lo llevé a conocer a mi antigua casera que se alegró mucho de volver a verme y nos preparó una suculenta comida. Aquel día también estaba su amor canadiense.

          Había transcurrido un año desde que llegara a Nueva York y, como el trabajo que habíamos venido a organizar, ya iba solo con las nuevas tecnologías, cada vez más avanzadas, nos reunieron a todos y nos comunicaron  que algunos empleados podríamos regresar a nuestros países de origen, tal y como habíamos firmado en el contrato. De todos modos, algunos de nosotros nos podríamos quedar en Nueva York por un tiempo más, previa solicitud por escrito.

          Armando y yo nos miramos y no tardamos ni un segundo en rellenar el formulario para solicitar quedarnos. Nos encantaba nuestra vida en Nueva York y no íbamos a prescindir de ella, ni asumir de momento ningún cambio.

          Fueron pasando los meses y llegó el caluroso verano. La verdad es que tenía acumulados todos mis días de vacaciones, que ya sabemos que en Europa son muchos más de los que pueden disfrutar los americanos. Decidí cogerlos y regresar a España. También tenía ganas de volver a ver a mi gente, familia y amigos de Barcelona. Organizamos el viaje. Armando se tenía que quedar unas semanas más hasta que no acabara un trabajo que tenía entre manos. Después se reuniría conmigo y también quería conocer a mi familia. Esos días me llamó mi amiga alemana y al enterarse de que venía a Barcelona, me propuso venir a verme y pasar algunos días juntas en la playa en algún pueblecito de la Costa Brava. Así lo hicimos. Reservamos un hotelito en Cadaqués y esperaríamos que viniera Armando. Cada noche hablábamos por teléfono. Yo lo añoraba muchísimo. Tenía muchas ganas de verlo y hacer el amor como siempre, con ternura y pasión.

          —Te veo muy enamorada, —me dijo una noche Anne, cenando. —¿Ya sabéis si os podréis quedar los dos en Nueva York? ¿Os han dado alguna respuesta?

          —Las cosas de palacio van despacio, pero Armando y yo lo hemos estado hablando y cuando tengamos la respuesta, tomaremos una decisión. La empresa sabe que estamos juntos y creemos que lo tendrán en consideración.

          Aquella misma noche me llamó Armando como era habitual y me dijo que se retrasaría unos días más. Se le había complicado el trabajo. Anne ya tenía que regresar a Alemania y el día 11 de Setiembre del 2001, por la mañana, cogimos el coche y regresamos a Barcelona. Paramos a mitad de camino para comer y después mientras iba conduciendo me sonó el teléfono pero no lo pude coger. Era una llamada perdida de Armando, que tiempo más tarde escuché en el contestador. 

          Al llegar a casa, mientras yo deshacía la bolsa de viaje, Anne encendió la televisión y pegó un grito diciéndome que fuera corriendo a ver las noticias. El corazón me dio un vuelco. Me temblaron las piernas. Dos aviones dirigidos por terroristas, chocaron a propósito en las dos torres gemelas de Nueva York, produciendo un incendio descomunal hasta el punto de hacerlas caer. Corrí hacia el bolso a coger el teléfono y escuché el mensaje entrecortado que me había grabado Armando: «Te amo Susana, te amo con locura. Esto es un caos. No sabemos qué ha ocurrido. Estamos bajando a pie por las escaleras».

          Desde entonces, por muchos años que hayan pasado, muchas veces tengo el mismo sueño recurrente.

«Planta 48, puerta 24, no pensaba tener que volver aquí de nuevo»

 

Así empieza mi sueño. Regreso, cómo no, al lugar donde conocí a mi amor y compartimos tantos momentos estupendos trabajando juntos, en un proyecto común. El edificio está en llamas y entre ellas aparece Armando y me dice: «Cariño, dame la mano, saltemos al vacio. Tú sabes volar. Enséñame amor» Nos cogemos de las manos, nos abrazamos, y empezamos a volar alejándonos de la tragedia. Soy inmensamente feliz. Despierto . . .